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Soluciones “lógicas” que NO resuelven un problema

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-Decirte a ti mismo o a alguien “¡contrólate! ¡Relájate!”. En muchos casos, sabemos que el nerviosismo escapa a nuestro control y es quizás más una actitud de aceptación de ese mismo nerviosismo la que nos ayuda ante una situación complicada.

-Decirte o decir “sé natural”, “sé espontáneo”. La naturalidad solo se adquiere con la práctica repetida: camino naturalmente porque lo he practicado muchas veces, conduzco con naturalidad por la práctica mantenida en el tiempo, hablo con naturalidad en público porque he practicado y me expongo con frecuencia…

-Aparenta lo que no eres para que te acepten. Tarde o temprano terminará saliendo nuestro verdadero yo… Lo positivo es perder ese miedo atroz a ser rechazado.

-Cumple las expectativas del otro. Perdemos nuestros propios intereses y abandonamos el camino personal que nos hemos fijado. Insisto, lo positivo es perder ese miedo atroz a ser rechazado.

-Piensa que este mundo es lógico, justo y que en él, todos tienen lo que se merecen. Esto, como sabemos, no es real y el pensar en estos términos nos puede hacer mucho daño. El mundo y las personas no responden a las leyes de la lógica, ni de la justicia ni del merecimiento.

-Piensa que los demás siempre tienen la culpa y que tú no tienes ninguna responsabilidad: actitud dañina ante la vida y sus acontecimientos.

-Espera siempre que los demás sean agradecidos y que se comporten como deseamos o como nos comportaríamos nosotros. Esto no nos trae nada más que quebraderos de cabeza y problemas con amistades o conocidos.

-Adquiere confianza, seguridad y autoestima pero no te enfrentes a tus miedos. El adquirir seguridad es muy positivo, siempre y cuando esa seguridad se logre enfrentándose a situaciones o personas temidas. La seguridad no es algo que nos cae del cielo, sino que se logra actuando ante circunstancias que nos producen miedo.

**Basado en “Entiende y Maneja tu Ansiedad”. J. A. García Higuera y J. García Ureña.

 

 

Consejos para el cuidador de una persona dependiente

En ocasiones viene a consulta una persona que se ocupa de cuidar a un familiar enfermo o dependiente. Muchos de ellos  suelen presentar un estado de ánimo depresivo y problema ansioso. Otras veces el familiar ha fallecido y presentan problemáticas respecto al duelo (ver Reglas del Duelo en una entrada anterior) o no saben deshacerse de su rol de cuidador, lo cual es sumamente importante para continuar con su vida.

¿En líneas generales, qué puede mejorar un cuidador durante la atención de su familiar?

-Al principio, es necesario dejar un tiempo para asumir el rol de cuidador y aceptar el nuevo ritmo de vida.

-Reconocer que, como todo el mundo, tiene momentos de flaqueza y no pasa nada por ello.

-Tratar de ser realistas, pero no pesimistas. Prestar atención a los pensamientos negativos.

-Atender a las señales de cansancio, fatiga y de hambre. Descansar si es necesario; desconectar; alimentarse correctamente. No podemos cuidar de alguien si no cuidamos de nosotros mismos.

-Realizar actividades personales placenteras. Realizar una lista de acciones que queremos poner en marcha y hacerlas. Disfrutar también de los pequeños placeres de la vida.

-Pedir ayuda y trabajar la asertividad. Aprender a decir que NO.

-Intentar mantener una buena comunicación con el enfermo y con los implicados (médicos, enfermeros, etc.). Trabajar habilidades como la escucha activa y la concentración en la tarea de cuidado que estamos realizando.

-Recabar información sobre la enfermedad, aumentar el conocimiento sobre lo que le sucede a su familiar. Ello nos ayudará a planificar rutinas con la persona enferma.

-Aplicar las reglas del duelo en el caso de que la persona fallezca; para ello, podemos basarnos en algunas entradas sobre duelo de nuestro blog:

https://rosaliamv.wordpress.com/2014/08/27/reglas-del-duelo/

https://rosaliamv.wordpress.com/2014/05/06/el-tiempo-lo-cura-todo/

-Asumir un nuevo rol, tratando de retomar la vida anterior, en el caso de que el familiar se recupere.

Algo muy interesante es saber qué sentimientos y emociones tiene el cuidador y cómo trabajarlos él mismo y desde la Salud Mental.

Un cuidador puede tener CULPA, derivada de una alta autoexigencia en relación al cuidado: “puedo hacer más, no hago todo lo que debería”. “No voy los suficientes días”…

La autora del libro recomendado aconseja dejar pasar esos pensamientos como si fueran nubarrones en el cielo, algo que llega, se queda unos momentos en nuestra cabeza y después se va. La clave es dejar que pasen, no sujetarlos ni mantenerlos en la mente, no luchar contra ellos. TERMINARÁN PASANDO. Por otro lado, es importarte ser comprensivo e indulgente con uno mismo, en esos momentos de flaqueza.

También podemos tener IRA, enfado, que es normal en algunas ocasiones. Además de no alimentarlo con más pensamientos negativos, un buen antídoto es realizar ejercicio físico frecuentemente y practicar o aprender técnicas de relajación (ver entrada:https://rosaliamv.wordpress.com/2014/09/15/una-pista-para-poder-relajarme/).

Durante el cuidado de un enfermo, puede ser habitual la aparición del sentimiento de SOLEDAD. Aplicar de nuevo la comprensión hacia uno mismo es importante (“no tengo más remedio que tomar esta decisión”) y podemos comunicarnos con el enfermo a través del tacto o de las caricias (como haríamos como un niño).

Es de aplicación, en el caso de la soledad, saber pedir ayuda a otras personas, sin esperar que los otros se den cuenta por sí mismos (eso, a veces, no sucede), siempre asertiva y amablemente; saber delegar y, muy importante, agradecer y felicitar cuando se es ayudado (lo que viene siendo un refuerzo positivo que ayudará a que la ayuda se mantenga en el tiempo).Ver entrada sobre comunicación: https://rosaliamv.wordpress.com/2014/04/28/comunicando/

Por último, es normal que en los cuidadores aparezcan MIEDOS de diversa índole. El miedo es una evaluación de una amenaza en relación a los recursos que creemos tener. Es importante, cuidarse, tratarse bien, centrarse en el presente y no anticipar lo que pueda ocurrir. De nuevo, es recomendable el ejercicio físico que estimula las hormonas del placer (endorfinas y catecolaminas) y neutraliza las del miedo/estrés, e informarse sobre aquello que nos atemoriza: médicos, enfermedad, procedimientos sanitarios, la enfermedad, etc. Ver entrada: https://rosaliamv.wordpress.com/2014/09/03/que-hago-con-mi-ansiedad/

***Libro recomendado: Cuidar al que cuida. Claves para
el bienestar del que cuida a un ser querido.  Margarita Rojas. Ed. Aguilar.

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¿Es violencia lo que vivo con mi pareja?

Fuente: Wikipedia

Fuente: Wikipedia

Muchos de nosotros tenemos una confusión importante entre lo que se considera violencia o maltrato y lo que no. Estamos tan acostumbrados a visualizar escenas violentas en la televisión o en otros medios que éstas han dejado de sorprendernos, nos hemos habituado en cierto modo a ellas y a la crueldad. A veces, tachamos de maltrato sólo las conductas que, bajo nuestro criterio personal, son extremas (por ejemplo, la violencia física) cuando, en realidad, hay muchas formas del mismo, sutiles y no sutiles.

En ese terreno, algo hemos ganado. Normalmente, ya tenemos más claros los términos o qué situaciones deben disparar nuestra alarma interior. No obstante, queda mucho camino por recorrer. Tenemos constancia muchas veces de las creencias que tiene parte de la población adolescente (“porque me quiere es normal que no me deje salir con mis amigos/as o que controle como me visto”), o no tan adolescente (asociar celos y posesión con amor; control con interés afectivo, etc.).

¿Qué tipos de violencia pueden aparecer en el ámbito doméstico y en el de la pareja?

La más evidente es la violencia física, la que puede ser percibida por otras personas y dejar huellas externas: empujones, mordiscos, puñetazos, pisotones, golpes, bofetadas, patadas, etc. Este tipo de violencia facilita la toma de conciencia (el “darse cuenta”) por parte de la víctima. Socialmente, además, está más reconocida que el maltrato de tipo psicológico, por ser más manifiesta. ¡Cuidado!

La violencia sexual se distingue de la anterior (aunque también es de índole física) en que se ejerce mediante presiones físicas o psicológicas forzando una relación sexual no deseada mediante coacción e intimidación. Como fatídica curiosidad, señalar que en el pasado la legislación no consideraba este tipo de agresión como tal, si se producía dentro del marco matrimonial.

Podemos decir que la violencia o el maltrato psicológico es más sutil o difícil de detectar (no tiene porqué ser manifiesto o evidente). Puede darse el caso de personas que no tachen de maltrato lo que a continuación vamos a señalar; no obstante, confío en que la mayoría lo detecte como tal. En el maltrato psicológico se incluyen insultos, amenazas, humillaciones, desprecio y desvalorización de su ser, además de manipulaciones diversas logrando que la persona se sienta culpable, indefensa. La indiferencia o el silencio del agresor o agresora provocan también esa culpabilidad. Dentro de este tipo de violencia, asimismo, pueden utilizarse las coacciones, manipulaciones y amenazas, por parte de la persona que agrede, para lograr un determinado fin o conseguir hacer lo que ella quiere.

En los casos que describimos, también es habitual la violencia social. El agresor limita los contactos familiares y sociales de su pareja, aislándola de su círculo y acabando con su apoyo social.

Por último señalar el tipo de violencia de carácter económico, mediante la cual la persona agresora restringe el dinero a la otra, impidiendo el acceso de la familia a su bienestar normal. Puede producirse bajo amenazas e insultos e incluye la limitación de los gastos para la compra de comida, ropa, enseres para el hogar, etc.

A modo de resumen, el objetivo último, en todos los casos, es el control y la dominación del agresor sobre la víctima.

No digo nada nuevo cuando señalo que es muy importante detectar lo antes posible (la víctima, o en su caso, allegados, servicios públicos, etc.) si se está sufriendo una situación de este tipo, de cara a contactar con los profesionales adecuados (sanitarios, psicólogos, abogados, trabajadores sociales) e iniciar las medidas oportunas para cortar con esa situación.

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Me siento culpable…

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En un post anterior hablamos de las funciones de las emociones indicando que, tanto las negativas como las positivas, cumplen una función adaptativa y nos están informando de algo relevante para nosotros.

Hablemos hoy de una emoción especialmente compleja y que, en muchas ocasiones, puede estar relacionada con problemas de ansiedad, de depresión o con otras complicaciones o trastornos: la culpa.

Las funciones de la culpa para el autor Echeburúa (2001) son:

-Hacer consciente a la persona de que ha hecho algo malo.

-Facilitar los intentos de reparación (para poder eludir el sentimiento negativo de remordimiento).

En determinadas situaciones, otra persona nos puede inducir la emoción de culpa haciéndonos sentir mal, incluso utilizando el chantaje emocional. Nos pueden hacer sentir mal por no seguir una norma (¿por qué no eres más generoso con la gente?), por no acceder a sus deseos (cómo puedes ser tan egoísta), etc. Se trata, en definitiva, de que la culpa también se puede inducir artificialmente en una persona para conseguir su sumisión (Etxebarría, 2000).

¿Qué es la culpa?

La culpa es una emoción o afecto doloroso que surge de la creencia o sensación de haber transgredido las normas éticas personales o sociales, sobre todo cuando de la conducta (u omisión) de una persona ha derivado un daño a otra. Puede estar referida a elementos externos, al pasado, al pasado lejano, etc. Tiene tres elementos principales (Pérez Domínguez, Martín Santos, Bulbena y Berrios, 2000):

-Procede de un acto que la causa (que puede ser real o imaginario).

-La persona valora negativamente tal acto (la mala conciencia).

-Surge ese sentimiento negativo que es la culpa (o remordimiento).

Existe aún una emoción más devastadora que la culpa, que es la vergüenza. Mientras la culpa condena un acto puntual (“he hecho algo malo”), la vergüenza hace que aparezca una descalificación personal total (“soy mala persona”). Esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de intervenir.

¿Cuándo la culpa se convierte en un problema?

La culpa es verdaderamente problemática cuando está vinculada a una depresión y/o a una personalidad obsesiva (por exceso) o cuando se relaciona con psicopatía o personalidad paranoica (por defecto). En el primer caso, la persona puede exigirse desmesuradamente, se siente culpable sin haber hecho nada malo o sin saber porqué. La persona se autocastiga y tiene ideas de desprecio hacia sí mismo (“soy un monstruo, no valgo para nada”). En el segundo caso, no se siente el arrepentimiento o la compasión por las víctimas a las que se hace daño (Corral, 1994; Garrido, 2000).

Una culpa que supone un verdadero problema es aquella que se experimenta por víctimas de un delito, como sucede en ocasiones con víctimas de agresiones sexuales o de violencia familiar.

Por último la culpa es dañina y perjudicial cuando tienen lugar estrategias de afrontamiento inadecuadas, lo cual, es bastante frecuente. Algunos ejemplos de gestionar mal la culpa serían: minimizar nuestra responsabilidad (“no es para tanto”), olvidarlo (“no me acuerdo de lo que hice”), atribución de la culpa a la otra persona (“ella me empujó a hacerlo”), atribuirlo a factores externos a nosotros mismos (“había bebido”), reprimir nuestro sentimiento de culpa, realizar conductas autodestructivas, etc.

Pero ¿cuándo se gestiona adecuadamente la culpa?

Cuando identificamos el hecho ocurrido y sentimos la citada mala conciencia y el remordimiento. No reprimimos estos sentimientos, sino que somos capaces de expresarlos verbalmente y emocionalmente, solicitando el perdón a los implicados (aunque sea de forma titubeante o sonrojada). Posteriormente, realizaremos conductas de reparación de la mala acción y eliminamos la posibilidad de que vuelva a ocurrir. Las acciones pueden ser directas (reparar lo efectuado con la persona) o indirecta (por ejemplo, colaborar con una asociación relacionada).