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¿Qué es el neuroticismo?

Retomamos por fin el blog con muchas ganas e ilusión, después de un parón de unos meses. Empezamos!

Hoy vamos a hablar del Neuroticismo, que es una dimensión de la personalidad según Eysenck. Las personas que puntúan alto en esta dimensión tienen cambios de humor frecuentes, son inestables emocionalmente, pueden estar preocupados, deprimidos, ansiosos o sentirse culpables. Las bases están relacionadas con el sistema límbico dentro del cerebro.

Existe una relación entre el Neuroticismo y estos estados desagradables que hemos mencionado, quizás porque son personas que reaccionan de manera negativa a sucesos que les ocurren, por lo que sienten emociones negativas de forma más frecuente.

Quizás leyendo esto te sientes identificado con las características que estamos detallando: eres una persona con tendencia a la ansiedad,  ésta suele ser el centro de tu vida, o no llegas a resolver un conflicto interno, sientes que no te terminas de aceptar o que no logras equilibrarte, que estás en disconfort. ¿Te ves reflejado en alguno de estos aspectos? Las personas con alto neuroticismo pueden tener a mano pastillas para relajarse, infusiones, hierbas, archivos de música tranquila o de relajación, ser poco tolerantes a la frustración, enfadarse cuando les tocan algo que es suyo, molestarse con el desorden, etc.  Hago notar aquí que para tener una perspectiva personal objetiva lo mejor es cumplimentar un test psicológico que me ofrezca un profesional  (psicólogo o psiquiatra) y que mida representativamente esta dimensión.

En mi opinión, en terapia o a nivel personal no hay que luchar o enfrentarse frontalmente con esta dimensión de la personalidad, si efectivamente descubro esta tendencia. La clave reside en trabajar:

– la aceptación de uno mismo

-los antecedentes de mi variaciones emocionales, para saber manejarlas, sabiendo que hay factores que me predisponen a estos cambios

-los desencadenantes de mis “crisis personales” (igual que lo anterior)

-el “caldo de cultivo” que hay en ese momento en mi vida y que me predispone a las variaciones

-saber aprovechar lo “bueno” que tiene el neuroticismo (actividad, ser inquieto y activo mentalmente, etc.)

-etc.

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Depresión, suicidio, desesperanza… ¿Qué riesgo existe?

No descubrimos nada nuevo al decir que existen factores de riesgo a la hora de hablar de suicidio; lo que es indudable es que la conducta suicida se asocia más frecuentemente con el padecimiento de trastornos psiquiátricos y psicológicos, de tal forma que un altísimo porcentaje de los pacientes que intentan suicidarse padecen un trastorno psiquiátrico mayor, principalmente, trastornos de la personalidad, trastornos psicóticos (Roy, 1986), trastornos por abuso de alcohol y otras sustancias adictivas (Roy y Linnoila, 1986) o trastornos del estado del ánimo.

La depresión es un trastorno muy asociado al suicidio. Se considera que el 15-20% de los pacientes con depresión fallecen por esta causa (Sainsbury, 1986; Haas y Clarkin, 1988), presentando un riesgo 25 veces mayor que la población general. Cronológicamente, el riesgo es máximo durante el año posterior al padecimiento del cuadro clínico.

Parecen existir algunos factores que incrementarían el riesgo de suicidio en los pacientes depresivos: en primer lugar, existencia de síntomas psicóticos durante el episodio afectivo; en segundo lugar, el hecho de que el origen etiológico de la depresión sea secundario o se halle estrechamente relacionado con el padecimiento de una enfermedad orgánica, especialmente cuando ésta va acompañada de dolor crónico, es una enfermedad crónica e invalidante, tiene un carácter terminal o ha sido precedida de cirugía reciente.

Algunos estudios correlacionan el riesgo de suicidio con un síntoma concreto de la depresión: el grado de desesperanza respecto al futuro (pérdida completa de la esperanza hacia que las cosas irán bien en el fututo). Los pacientes con alta desesperanza muestran un riesgo elevado (lo puede evaluar un profesional mediante la Escala de Desesperanza de Beck, por ejemplo). El riesgo es mayor si la desesperanza se asocia a agitación, hostilidad, indefensión, ideas de minusvalía, de incapacidad, de culpa y persistencia de la ideación suicida.

Un número importante de pacientes depresivos suicidas presenta historia de intentos y amenazas previas, por lo que, para algunos autores, éste es un factor de riesgo de mayor trascendencia que el propio diagnóstico de depresión, ya que el 20-25% de los suicidas que consumaron el acto habían realizado intentos previos y, cuando existen estos antecedentes, el riesgo parece aumentar entre 5 ó 6 veces con respecto a la población general.

Asimismo, la predisposición familiar a manifestar conductas suicidas está relacionada con los trastornos depresivos, ya que, casi el 80% de los paciente suicidas presentan familiares con antecedentes de diagnósticos de trastornos depresivos.

Parecen existir, por otro lado, marcadores biológicos que pueden indicar el riesgo de suicidio en los pacientes deprimidos. Algunas investigaciones (Asberg y cols., 1976; Van Praag, 1981) señalan una disminución de 5-HIAA en el líquido cefalorraquídeo. Sin embargo, las dificultades técnicas que entrañan estas pruebas hacen que sean poco operativas en la práctica clínica habitual.

En resumen, podemos concluir que existe una estrecha relación entre suicidio y depresión pero no es posible establecer una relación simple causal. Todo estado depresivo puede conducir a la idea o al acto suicida, pero no todo acto suicida es producto de una depresión (Guze y Robins, 1970). El paciente depresivo suicida da numerosos avisos de su intencionalidad suicida y, en este grupo de pacientes, se podría evitar tal acto si se identificase correctamente el diagnóstico de depresión y se realizara una terapia adecuada.

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¿Has oído hablar de la Alexitimia?

La alexitimia es ausencia de palabras para expresar las propias emociones y la dificultad cognitiva para procesar esas emociones. Podemos diferenciar, la alexitimia primaria (entendida como un rasgo relativamente estable de personalidad) y secundaria (estado emocional transitorio de carácter reactivo). La primaria es una dimensión de la personalidad, un rasgo, forma parte del carácter de la persona, seguramente existirá desde niño. La alexitimia secundaria es una respuesta reactiva al efecto de emociones desagradables: una reacción ante una situación estresante o traumática sobre la que la persona no tiene el control (enfermedad, suceso traumático) y en la que la alexitimia se considera una reacción defensiva ante esa emoción negativa que no se puede controlar ni manejar.

Las personas con altos niveles de alexitimia muestran una alteración caracterizada por:

-Dificultad para identificar sentimientos y diferenciarlos de las sensaciones fisiológicas que acompaña a ese sentimiento o emoción.

– Déficit marcado en identificar y describir con palabras los propios sentimientos

-Dificultad para describir sentimientos a los otros.

-Limitación de los procesos simbólicos, expresada a través de una reducida capacidad de fantasía, pobreza en la vida mental y en la imaginación, rememoración y en el manejo simbólico de las emociones y afectos

-Patrón de pensamiento orientado a lo externo, preocupado por los detalles y acontecimientos externos.

La alexitimia es considerada uno de los mecanismos explicativos de muchas alteraciones psicosomáticas y de la alimentación (asma, anorexia o bulimia, hipertensión, colon irritable, cefaleas), conductas compulsivas, consumo de sustancias, irritabilidad, etc. Asimismo, es un patrón que correlaciona con el rasgo de personalidad conocido como “neuroticismo” (tendencia a los altibajos emocionales), así como, con la ocurrencia de ansiedad y depresión. No sólo eso, existen autores que se señalan que la alexitimia está relacionada con la baja empatía, comportamientos impulsivos, falta de respuesta adaptativa al estrés, establecimiento de relaciones sociales estereotipadas, bien de dependencia o bien de aislamiento.

Por todo ello, es muy conveniente siempre valorar e intervenir en este rasgo o reacción en consulta, ya que puede estar relacionado con diferentes problemas o trastornos. Personalmente, he encontrado “rasgos alexitímicos” en pacientes de anorexia, en algunas madres o familias de esas pacientes anoréxicas, en pacientes bulímicas, en niños con comportamiento muy inadecuado, en rupturas de pareja cuando uno de los dos muestra rasgos de este tipo, en problemas relacionales o sociales o en personas que han sufrido un hecho traumático.

Algunas curiosidades: la cultura oriental (China, Japón) favorece la alexitimia frente a la cultura occidental (EE.UU, Europa) (Páez y Casullo, 2000); los hombres educados en modelos tradicionales sexistas son mas alexitímicos que las mujeres (Fischer y Good, 1997); y según algunos autores (Espina, Ortego, Ochoa y Alemán, 2001), los hijos de padres alexitímicos que sobrevaloran la alexitimia muestran una personalidad más acentuada en este rasgo que hijos de familias donde el control emocional no se valora tanto.

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Estado

Cuando yo era niño…

Hoy os propongo un ejercicio para poder conoceros un poco mejor y saber cómo fue nuestra infancia, qué es lo que recordamos, qué es lo que nos han contado y qué sentido le damos a esos aspectos en nuestra vida actual. Completar estas frases incompletas nos proporcionará un mejor conocimiento de nosotros mismos y recordar momentos felices e infelices. Si decidimos acudir a un terapeuta, también le proporcionará una información importante para entender vuestro mundo interior, aunque trabajará con vuestros problemas actuales. Os invito a la reflexión:

-Completa cada una de las siguientes oraciones y hazlo tan deprisa como sea posible:

  • Cuando tenía cinco años…
  • Cuando tenía diez años…
  • Cuando yo era pequeño, el mundo era…
  • Cuando yo era pequeño, mi cuerpo era…
  • Cuando yo era pequeño, la gente era…
  • Cuando me sentía solo, yo…
  • Cuando me sentía  entusiasmado, yo…
  • Cuando yo era pequeño, la vida me parecía…
  • Si el niño que hay dentro de mí pudiera hablar, diría…
  • Una de las cosas por las que tuve que pasar de niño para sobrevivir fue…
  • Una de las maneras en que trato a mi yo infantil como lo hacia mi madre es…
  • Una de las maneras en que trato a mi yo infantil como lo hacia mi padre es…
  • Cuando mi niño interior siente que no le hago caso…
  • Cuando mi niño interior siente que lo critico…
  • Una de las maneras en que ese niño me crea problemas es…
  • Creo que yo actúo como mi yo infantil cuando…
  • A veces, lo difícil de aceptar de lleno a ese niño interior es…
  • Sería más amable con mi niño interior si yo…
  • Si escuchara las cosas que ese niño necesita decirme…
  • Si acepto plenamente al niño como un aspecto valioso de mí mismo…

¿Os ha ayudado? ¿Sacáis alguna conclusión?

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 Extraído I. Pinillos
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Un resumen sobre el Trastorno Límite de la Personalidad

Equilibrio Inestable

 

El Trastorno Límite de la Personalidad (en adelante TLP) consiste en un patrón persistente de inestabilidad en las relaciones interpersonales, afecto y autoimagen con escaso control de impulsos. Las relaciones interpersonales y los ámbitos sociales son especialmente problemáticos para este tipo de personas. Síntomas característicos pueden ser: cambios de humor, pérdida de confianza, conductas impulsivas y de autodestrucción, abuso de sustancias, excesiva sensibilidad y temor al rechazo y a la crítica. El suicidio, además, es un riesgo bastante frecuente.

Los trastornos de la personalidad, en general, son especialmente complejos de delimitar. Parece que el TLP es el trastorno de la personalidad más frecuente. Estimamos que su prevalencia oscila entre el 1 y el 2% de la población general, entre el 11 y el 20% en pacientes ambulatorios, entre el  18 y el 32% en pacientes hospitalizados en unidades psiquiátricas y entre el 25 y el 50% en población reclusa. Es más frecuente en mujeres que en hombres.

¿Cómo son las intervenciones?

 Las intervenciones psicológicas para las personas con TLP las realizan psicólogos, psiquiatras, personal de enfermería y otros profesionales de la salud mental, incluyendo un tratamiento farmacológico. En líneas generales, el tratamiento desde la psicología busca lograr, en primer lugar, una buena alianza terapéutica del paciente con los profesionales, hacer que éste sea más autónomo y que pueda participar de la intervención, enseñar a la familia sobre el trastorno y su afrontamiento, que ésta participe en el tratamiento, ayudar al paciente a afrontar las exigencias de su entorno psicosocial (familia, hijos, trabajo, economía, estudios, etc.) y es muy relevante para el paciente poder identificar posibles crisis y conocer los factores que las precipitan, promoviendo unas medidas para la prevención de recaídas. Es importante, la coordinación entre todos los profesionales y acceso a los servicios de salud.

¿Cómo son sus crisis?

 Las crisis pueden presentarse con autolesiones, intentos de suicidio, abuso de sustancias, síntomas psicóticos transitorios y comportamientos impulsivos, como enfados y agresiones, conductas sexuales de riesgo, hurtos, atracones y purgas, todo ello cargado de importante emocionalidad. También se acompañan de una intensa ansiedad, depresión e ira. Lo realmente difícil a la hora de gestionar la crisis es el equilibrio entre no invalidar totalmente al paciente y tampoco minimizar sus alteraciones y, además, en la medida de lo posible,  fomentar su autonomía. Asimismo, es muy complejo y a la vez importante no menospreciar el riesgo de suicidio en estas personas, debido a su elevada impulsividad.

 **TEXTO BASADO EN LA GUIA: Grupo de trabajo de la guía de práctica clínica sobre trastorno límite de la personalidad. Fórum de Salud Mental y AIAQS, coordinadores. Guía de práctica clínica sobre trastorno límite de la personalidad. Barcelona: Agència d’Informació, Avaluació i Qualitat en Salut. Servei Català de la Salut. Pla Director de Salut Mental i Addiccions. Departament de Salut. Generalitat de Catalunya; 2011. GUÍA DONDE SE PUEDE ENCONTRAR MÁS INFORMACIÓN SOBRE TLP.

 

Estado

Porque yo lo valgo…

Si últimamente observas que tienes una actitud derrotista, que tu autoestima está resentida, que posees un discurso negativo hacia ti mismo o que tienes un estado de ánimo deprimido, necesitas refuerzos y motivaciones extras.

Te propongo una tarea desde la Psicología Positiva, que consiste en que vayas dejando unos post-it por toda tu casa. Esos post-it deben contener mensajes positivos sobre ti mismo. Es muy importante que sean escritos con tus propias palabras y que sean aspectos creíbles para ti, cosas con las que de verdad te identifiques.

¿Qué pueden contener todos esos post-it?

-Tus fortalezas o puntos fuertes. “Soy buena madre”. “Soy muy trabajador”…

-Tus recursos. “Se me da bien la gente”. “Soy buen conversador”…

-Logros personales. “Conseguí acabar la carrera”. “Pude sacarme el carné de conducir”…

-Palabras de ánimo. “¡Lo vas a conseguir!”. “Eres bueno en lo que emprendes”…

-Sueños o deseos que posees. “Este proyecto me va a salir bien”. “Mi hija tendrá una buena educación”…

-Características positivas sobre ti. “Soy amable”. “Soy atenta”…

-Cosas que posees. “Tengo unos hijos maravillosos”. “Mis amigos me quieren”…

-Cómo te valoran los demás (adecuadamente). “Los demás me ven como una persona eficaz”. “Mi familia valora mi carácter”…

En el caso de tener un estado anímico excesivamente negativo y que te sea complicado realizar esta tarea, es conveniente que el psicólogo o psicóloga te guíe primero en la elaboración de los aspectos positivos, para después realizarlo de manera autónoma.

"Narciso" de Caravaggio

“Narciso” de Caravaggio

 

 

Te necesito

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Mucho se ha hablado del preocupante concepto de dependencia emocional como exageración del amor, de la entrega y de la necesidad de la pareja. Pero ¿cómo diferenciamos una pareja normal de una en la que tiene lugar la dependencia emocional?

Para ello nos basamos en un texto de Castelló Blasco (2005), escrito para profesionales de la psicología, que nos señala las características de este tipo de interacciones, teniendo en cuenta que deben tener lugar la mayoría de ellas:

Existe una necesidad excesiva del otro, deseo de acceso constante hacia él; en las personas con dependencia emocional es una necesidad estar con el otro, es imprescindible, llegando a agobiar a la pareja, ya que su necesidad de cariño está permanentemente insatisfecha.

Se da el deseo de exclusividad en la relación: esto es normal en todas las parejas, ya que es positivo pasar tiempo juntos y tiempo de intimidad. En el caso del dependiente, éste se colocaría junto a la pareja en una especie de burbuja en la que no se contempla el mundo exterior (amigos, obligaciones, entorno).

La pareja es una prioridad frente cualquier cosa: igualmente, esto es lo más común en las relaciones normales, en las que colocamos a nuestra pareja en un lugar privilegiado de nuestras vidas. Para los dependientes emocionales, sin embargo, la pareja es la única y máxima prioridad de su existencia, dejando a un lado trabajo, familia próxima, amistades y sus propios deseos.

Idealizan a la pareja: en las relaciones afectivas valoramos a nuestra pareja como una persona importante en nuestra vida, siendo conscientes de sus características, sus virtudes y defectos. En las relaciones de dependencia, la persona sobrevalora sus particulares positivas: el compañero pasará a ser extraordinario, con unas cualidades especiales y diferentes al resto de personas. Este aspecto no siempre tiene lugar en las relaciones de dependencia pero puede asemejarse a lo que sentiría un fan por su ídolo.

Tienen lugar la sumisión y la subordinación, sabiendo que un grado apropiado de entrega en una relación es siempre positivo, siempre y cuando sea correspondido. En los casos que estamos estudiando, el dependiente debe agradar al otro y tenerle siempre contento, hará lo que el otro quiera.

Las personas denominadas “normales” tendrán un historial amoroso de relaciones de pareja más o menos equilibradas en las que los dos miembros eran más o menos  igual de importantes. En parejas normales, puede existir un ligero desequilibrio, manifestado por el mayor interés de uno de los miembros por la relación, pero nunca soportaría un entorno en el que no se le respete, no se tengan en cuenta sus opiniones, no se le valore como persona, no se le escuche, etc. El tener relaciones desequilibradas es frecuente en los dependientes emocionales, estando descompensadas y existiendo la subordinación.

Existe un permanente miedo a la ruptura: en las relaciones sanas, la persona no vive con la sensación constante de abandono, salvo que haya hechos manifiestos. En circunstancias normales, estas parejas no tienen miedo a la ruptura aunque sí existe un rechazo a ella, por el malestar que generaría. En el dependiente, la sensación de miedo, de abandono y de temor que se produzca una ruptura preside su vida, incrementándose aún más con los enfados o discusiones.

Asumen el sistema de creencias de la pareja: como sabemos, es normal interiorizar ciertas formas de ser y de pensar de la pareja, siempre conservando nuestra propia individualidad. El dependiente emocional es mucho menos selectivo en este proceso y lo lleva al límite.

Existe un factor esencial que es el Síndrome de abstinencia tras la ruptura. Que la finalización de una relación de pareja es un hecho muy doloroso es un aspecto bien conocido, tanto en parejas normales como en las que no lo son. Sin embargo, existen una serie de factores que puede influir en lo intenso de la ruptura, por ejemplo: ser el artífice o no de la ruptura, la calidad de la relación, lo inesperado de la ruptura, la existencia de un amante, si existen apoyos sociales o no y la aceptación de la ruptura. En el caso del dependiente emocional, todos los factores anteriores ya se encuentran agravados por sí mismos y la persona tendrá una reacción más brutal ante la ruptura que otro tipo de sujeto.

Para finalizar, señalar que a la hora de iniciar un tratamiento para personas con los signos anteriores, hay que tener especial cuidado, ya que la diferencia entre un dependiente y una persona normal es sólo cuantitativa, de grado. En ocasiones, los síntomas serán muy intensos porque la ruptura es muy reciente o se han dado circunstancias muy negativas, pero no es un dependiente emocional. Otras veces, la persona sufre por amor e idealiza a la persona pero se trata de “mal de amores” o de un amor no correspondido, pero no se trata de un trastorno de personalidad como el que hemos descrito. En todos estos casos, el psicólogo siempre puede ayudar en gran medida a mejorar la situación de la persona pero no se tratará de un dependiente emocional, estrictamente hablando.

Falacia de la Justicia

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Esta entrada está basada en el libro clásico de autoayuda de 1976 ‘Tus Zonas Erróneas’ (W. Dyer), que no es que me atraiga especialmente, pero que tiene un capítulo basado en la justicia que, cuando lo leí, me ayudó bastante a comprender lo equivocado y dañino de ese pensamiento que tenemos casi todos nosotros: “cada uno tiene lo que se merece”, “a cada cerdo le llega su San Martín”, “no es justo esto que me pasa”, “a este compañero se le trata mejor que a mí y eso es injusto”… A mí me ayudó en su momento y considero que también a muchos de mis pacientes, por lo que trataré de explicar lo infeliz que nos hacen estos pensamientos relacionados con la justicia-injusticia.

En primer lugar, creemos que vivimos en un mundo justo, que la gente tiene o logra lo que se merece, pero si indagamos en nuestra propia experiencia y reflexionamos, sabemos que esto no es así. Cuando detectamos que el mundo no es justo o detectamos una injusticia en un momento concreto, nos enfadamos, nos sentimos ansiosos o nos frustramos. Para comenzar, es necesario dejar claro un primer aspecto: la justicia y la equidad no existen en este mundo. En nuestra vida diaria, exigimos justicia para nosotros y lo nuestro, nos comparamos con los demás y exigimos tener lo mismo  que ellos, pero si esto no se da (como pasa en muchas ocasiones) estamos justificándonos para poder ser infelices, algo que no sucedería si, por el contrario, tuviéramos en cuenta que la injusticia o lo desigual es una constante en nuestro mundo: no tenemos lo mismo que el vecino, no ganamos lo mismo que nuestro amigo, no tenemos la misma consideración que nuestra compañera… Se trata de aceptar realidades.

¿Cómo escapamos de esta trampa?

En primer lugar, dejándonos de comparar con los demás en términos de “no es justo” o de falta de equidad. Este comportamiento es sólo fuente de infelicidad. El quejarnos de que algo no es justo en relación a nosotros nos impide movilizarnos para lograr objetivos que deseamos ya que, al ser el concepto de justicia algo externo a nosotros, nos impide hacernos cargo de nuestra vida (p. e.: “para qué voy a esmerarme en este informe, si está claro que ella está mejor considerada por mi jefe”). Para ser un poquito más felices, el foco de atención debe ser nuestra persona, no los demás ni comparación con ellos.

Sin embargo, la búsqueda de justicia o equidad es muy común y evidente en nuestra sociedad y creo que todos contamos con numerosos ejemplos en nuestra vida diaria en relación a ellas. Algunos de los que presento os sonarán bastante:

Quejarse de que existen personas con sueldos muy altos o más altos que el tuyo.

“¿Acaso yo te hago a ti lo que tú me haces a mi?” (Como si los dos tuviéramos que ser iguales).

Tratar de corresponder siempre un favor.

Decir “yo también te quiero”, como respuesta inmediata a un “te quiero”.

Pensar en recibir según uno da o “siembra”.

“Tú saliste ayer, no es justo que tenga que quedarme hoy en casa”.

Etc…

En estos ejemplos no estamos asumiendo nuestro propio comportamiento o sistema de valores. Sólo nos justificamos para no hacer nada, para mantenernos inmóviles. En estos casos y en muchos otros, nuestra propia conducta nos inhabilita para decidir por nosotros mismos que es lo más apropiado y culpamos a esa falta de equidad (p. e. el pensamiento “si ella puede hacer esto, yo también”, es un modo de justificar lo que haces por medio del comportamiento de otra persona).

Hay que tener en cuenta, por otro lado, que esta serie de comportamientos se mantienen en el tiempo por algunas “recompensas”  que son totalmente inadecuadas y nos llevan a la frustración personal. Se debe tener especial cuidado para no caer en estas trampas y ser conscientes de su existencia y así poder llevar a cabo otro tipo de conductas que nos harán más felices:

Esa sensación de satisfacción pensando que eres bueno cuando pensamos  “soy mejor que tú”. Volvemos a poner el foco en la comparación y no en nosotros mismos.

Justificar todo tipo de comportamientos, incluso los inadecuados, haciendo que la responsabilidad recaiga en los otros. O dejar de tener la responsabilidad sobre nuestros actos, justificando nuestra inmovilidad (nos acomodamos: “si ellos no lo hacen, yo tampoco”), porque creemos que la responsabilidad es de aquellos o aquello que no es justo. Esto nos lleva, desgraciadamente, a evitar asumir riesgos, nos impide lograr nuestros objetivos y decidir por nosotros.

Captamos la atención de los demás y, a veces, también su compasión.

Puedes manipular a los demás y puedes, incluso, justificar una conducta vengativa.

Cuando nos centramos en las injusticias del mundo, estamos evitando relacionarnos con los demás de una forma honesta y profunda. Nos estamos perdiendo lo maravilloso de las relaciones interpersonales.

¿Qué estrategias podemos poner en marcha para deshacernos del lastre de la demanda de justicia?

Una buena idea es elaborar una lista señalando aspectos de la vida que nos parezcan injustos en relación a nuestra persona y preguntarnos algo así como: “¿Lograré un mundo sin desigualdades si desaparece ésta en concreto, que es la que me preocupa a mi?”.

Cuestionar pensamientos propios del tipo “¿acaso te hago yo esto a ti?” y tratar de cambiarlos por otros del tipo “tú eres diferente a mí, aunque me moleste”.

Tener claro que nuestras emociones son propias e independientes de lo que hagan otras personas.

Mirar nuestras decisiones como algo relativo y con perspectiva, no como algo que cambiará nuestra vida para siempre.

Intentar aceptar la realidad aunque no se esté de acuerdo con ella. Cuestionar el “no es justo” y cambiarlo por cogniciones tipo “es una pena que esto sea así”, “yo preferiría que…”.

Evitar, en la medida de lo posible, las comparaciones y tener nuestras propias metas, tratando de hacer lo que uno quiere sin referirnos a lo que hacen los otros.

Cambiar verbalizaciones del tipo “yo siempre te tengo en cuenta, ¿por qué no me tienes en cuenta tú a mí en esto?”. El motivo que tiene la otra persona no es parecerse a ti.

Hacer algo agradable porque te apetezca, no porque la ocasión lo exija. Gástate el dinero que quieras en un regalo, no midiéndolo en relación a lo que se gastaron en ti. Elimina las invitaciones por exigencia, por obligación, por “cumplir”, en vez de por tus propias razones internas.

Por cada injusticia que sufrimos, hay una solución que hace que no nos quedemos inmovilizados, teniendo incluso en cuenta a los demás. P. e. si yo quiero salir pero eso implica que el otro se tiene que quedar con mi hijo, puedo pedir a otra persona que lo cuide o llevármelo en mi salida.

Tener en cuenta de que la venganza es una forma más de estar controlado por los demás.