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Un resumen sobre el Trastorno Límite de la Personalidad

Equilibrio Inestable

 

El Trastorno Límite de la Personalidad (en adelante TLP) consiste en un patrón persistente de inestabilidad en las relaciones interpersonales, afecto y autoimagen con escaso control de impulsos. Las relaciones interpersonales y los ámbitos sociales son especialmente problemáticos para este tipo de personas. Síntomas característicos pueden ser: cambios de humor, pérdida de confianza, conductas impulsivas y de autodestrucción, abuso de sustancias, excesiva sensibilidad y temor al rechazo y a la crítica. El suicidio, además, es un riesgo bastante frecuente.

Los trastornos de la personalidad, en general, son especialmente complejos de delimitar. Parece que el TLP es el trastorno de la personalidad más frecuente. Estimamos que su prevalencia oscila entre el 1 y el 2% de la población general, entre el 11 y el 20% en pacientes ambulatorios, entre el  18 y el 32% en pacientes hospitalizados en unidades psiquiátricas y entre el 25 y el 50% en población reclusa. Es más frecuente en mujeres que en hombres.

¿Cómo son las intervenciones?

 Las intervenciones psicológicas para las personas con TLP las realizan psicólogos, psiquiatras, personal de enfermería y otros profesionales de la salud mental, incluyendo un tratamiento farmacológico. En líneas generales, el tratamiento desde la psicología busca lograr, en primer lugar, una buena alianza terapéutica del paciente con los profesionales, hacer que éste sea más autónomo y que pueda participar de la intervención, enseñar a la familia sobre el trastorno y su afrontamiento, que ésta participe en el tratamiento, ayudar al paciente a afrontar las exigencias de su entorno psicosocial (familia, hijos, trabajo, economía, estudios, etc.) y es muy relevante para el paciente poder identificar posibles crisis y conocer los factores que las precipitan, promoviendo unas medidas para la prevención de recaídas. Es importante, la coordinación entre todos los profesionales y acceso a los servicios de salud.

¿Cómo son sus crisis?

 Las crisis pueden presentarse con autolesiones, intentos de suicidio, abuso de sustancias, síntomas psicóticos transitorios y comportamientos impulsivos, como enfados y agresiones, conductas sexuales de riesgo, hurtos, atracones y purgas, todo ello cargado de importante emocionalidad. También se acompañan de una intensa ansiedad, depresión e ira. Lo realmente difícil a la hora de gestionar la crisis es el equilibrio entre no invalidar totalmente al paciente y tampoco minimizar sus alteraciones y, además, en la medida de lo posible,  fomentar su autonomía. Asimismo, es muy complejo y a la vez importante no menospreciar el riesgo de suicidio en estas personas, debido a su elevada impulsividad.

 **TEXTO BASADO EN LA GUIA: Grupo de trabajo de la guía de práctica clínica sobre trastorno límite de la personalidad. Fórum de Salud Mental y AIAQS, coordinadores. Guía de práctica clínica sobre trastorno límite de la personalidad. Barcelona: Agència d’Informació, Avaluació i Qualitat en Salut. Servei Català de la Salut. Pla Director de Salut Mental i Addiccions. Departament de Salut. Generalitat de Catalunya; 2011. GUÍA DONDE SE PUEDE ENCONTRAR MÁS INFORMACIÓN SOBRE TLP.

 

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Un sencillo ejercicio para expresar nuestra ira

En ocasiones, nos sentimos furiosos por algo o con alguien, o bien la ira es nuestra manera habitual de reaccionar ante determinadas situaciones. Ya que todos sentimos el poder de la ira, en menor o mayor medida y frecuencia, es conveniente saber expresar y exteriorizarla de una forma organizada y no reprimirla o controlarla a toda costa, ya que ello puede acarrearnos problemas psicológicos o físicos, además de explosiones intensas de enfado por el hecho de no haber expresado éste correctamente con anterioridad. Existen muchísimos ejercicios que nos permiten liberarnos de la ira y exponer cómo hacerlo nos daría para escribir ríos de tinta, por lo que he escogido uno del libro “¡Estoy furioso!” de Anita Timpe (2009), que considero que puede servirnos cuando nuestro enfado se dirige a una persona concreta, sobre todo cuando sabemos a ciencia cierta que no podemos expresarle directamente nuestra ira, ya que eso podría terminar con la relación o probablemente dañarla.

Escoja a una persona con la que esté usted especialmente disgustado. Escríbale una carta y exprese en ella todos los sentimientos que abriga usted hacia ella. Esta carta no debería remitirse nunca a su destinatario.

Exagere sin miedo. Muestre su enfado por la falta de respeto y la crueldad de su interlocutor, condene al malhechor y aplíquele castigos imaginarios. También puede expresar su temor a volver a ser herido por esa persona. La carta sólo estará terminada cuando usted haya dicho todo lo que tenía que decir. Lo mejor es que la escriba rápidamente y sin reflexionar en exceso. No tiene que tener ninguna consideración: al contrario, aproveche la oportunidad para conferir expresión a sus emociones y vulnerabilidad.

Después de haberla escrito, haga que la carta cobre vida: léala en voz alta. Imagínese que está leyéndosela a la persona que le ha hecho daño. Repita determinadas palabras y frases, las que usted crea más oportunas y expresivas. Juegue con la entonación leyendo en voz alta algunas frases y volviendo a bajar la voz en otras. Si se echa usted a llorar, no pasa absolutamente nada. Permítase ponerse furioso. No ponga fin al ejercicio hasta tener la sensación de que éste ha cumplido su cometido. Puede volver a repetirlo todas las veces que quiera.”

Este ejercicio puede aplicarse con naturalidad cuando el enfado tiene lugar con una persona a la que creemos que podremos llegar a perdonar o que, por un motivo u otro, forma parte de nuestra vida. Existen otros muchos ejercicios y técnicas que pueden aplicarse con la colaboración de un profesional, y así poder llegar a liberarnos de tensiones físicas y mentales relacionadas con la inhabilidad para expresar la ira.

huracan

Después de la tempestad, viene la calma

volcan

 

En esta entrada queremos explicar qué es una emoción, cuál es su función y porqué es importante trabajarlas en la consulta de un psicólogo, ya que existen formas de hacer terapia que no las tienen lo suficientemente en cuenta y son aspectos clave para el buen estado del cliente y para el curso positivo del tratamiento.

En primer lugar, las emociones cumplen una función adaptativa, tienen una función de adaptación al entorno y a sus variaciones, es decir, poniendo por ejemplo el caso del miedo o la ansiedad, ante estas emociones, el organismo reacciona preparándose para la acción, activándose para enfrentarse a un peligro o huir del mismo; el enfado o la ira tiene que ver con la necesidad de superar un obstáculo, nos predispone para atacar; la alegría facilita la cooperación; la tristeza, sin embargo, nos prepara para una retirada o para la búsqueda de ayuda, etc. (Fridja, 1986). Como decía el mismísimo Darwin, las emociones son adaptativas en el sentido que constituyen un sistema más antiguo (primitivo) biológicamente que la cognición o los pensamientos, destinado a dar una respuesta rápida para preservar la supervivencia; algunos ejemplos serían:

-La respuesta de miedo nos advierte del peligro.

-El asco nos aleja de lo putrefacto, de lo tóxico.

-La compasión hace que respondamos al dolor de otros.

-El enfado marca límites con los demás, nos predispone al ataque, hace que los demás se mantengan alejados.

-La tristeza permite que nos reconforten (llanto) pero también predispone al aislamiento. También nos sirve para elaborar una pérdida de un objeto, situación o persona.

-La culpa o el remordimiento es un castigo inmediato que nos auto-infligimos por algún acto.

-La alegría (también el enamoramiento) ensalza la vida y la búsqueda de bienestar, aumenta nuestra sensación de eficacia, nos acerca a los demás.

-El interés y la curiosidad nos ayudan a explorar nuestro entorno y nuestro mundo interno.

En cualquier caso, las emociones están diseñadas biológicamente para cambiar la relación entre la persona y el entorno. Una vez que volvemos a lograr un estado de bienestar o de seguridad, la emoción cede y se aplaca. Una emoción no es eterna, trata de buscar un estado positivo en la persona, tras ello, ya no tiene sentido su ocurrencia y el estado emocional se reduce. El psicólogo debe permitir y validar, por eso mismo, la expresión de las emociones del cliente para que logre un estado interno distinto al previo. Como dice Greenberg (1997), sentirse con derecho a las propias emociones nos hace sentir más poderosos y cambiar para bien la sensación que uno tiene de sí mismo.

Además de lo anterior, las emociones tienen otras funciones, por un lado, actúan como motivador e informador; nos motivan en el sentido de que queremos evitarlas o lograrlas, o como medios que nos guían hacia un fin, por ejemplo, el miedo es aversivo y molesto, lo evitamos, no queremos padecerlo y ponernos en marcha conductas para huir de él, para que pare; la alegría es placentera, queremos alcanzarla y nos comportamos de forma que nos permita abrirnos y aproximarnos. Por otro lado, las emociones son informadoras, están ahí para decirnos cómo estamos reaccionando ante diferentes situaciones; pensar “estoy enfadado porque esto es injusto” estaría valorando cómo reaccionamos ante situaciones de injusticia. Asimismo, nuestras emociones y su correspondiente expresión facial y corporal están comunicando a los demás cuáles son nuestras intenciones y cuál va a ser nuestra actuación (mis gestos delatan enfado, impiden a los demás acercarse).

En el campo de la terapia, y para trabajar con las emociones de los clientes, es importante tener en cuenta la relación entre emoción y pensamiento, ya que la primera está íntimamente ligada con el segundo y no se producen cambios emocionales sin que tengan lugar cambios cognitivos. Tanto en el ámbito terapéutico como en la vida diaria, es crucial (y sano) saber diferenciar entre nuestras distintas emociones y reconocer como propia una emoción determinada (“yo suelo reaccionar así”), así como permitir y aceptar su expresión, sabiendo que son señales, que tratan de informarnos de algo y que, en algunas ocasiones, son incluso contradictorias ante la misma situación. Los métodos terapéuticos o personales puramente racionales no nos ayudan a solucionar un problema psicológico y comportamental, la razón no se puede colocar por encima de la emoción, hay que ver qué mensaje hay detrás de la experiencia emocional y poder regularla. En relación a lo anterior, finalizamos con un ejemplo de Greenberg (1997) que nos ilustrará lo expuesto: si me levanto por el mañana preparado para hacer frente al día, afrontaré mis planes con entusiasmo y pensaré positivamente en cómo llevarlos a cabo. Si me levanto deprimido y preocupado, estas emociones me pueden estar indicando que algo no está funcionando bien acerca de cómo conduzco mi vida, o bien que ha sucedido algo en ella que requiere mi atención. Una vez que he detectado y atendido a la emoción, podré realizar una reflexión sobre mi experiencia o mi vida. Si recibo la señal de que todo está bien, podré pasar a la acción pero, si percibo la señal de que existe un problema, me daré cuenta de que tengo que crear o descubrir soluciones para esos acontecimientos que me están creando malestar. Por todo ello, nuestras emociones son fundamentales para guiar nuestra acción o para detectar un problema y resolverlo.