Actitudes Generales con nuestros hijos

Hay algunas actitudes generales a tener en cuenta a la hora de educar a un niño para la asertividad. Por supuesto, son normas que no solamente tienen cabida para el tema de la asertividad, sino que cumplen numerosas otras funciones educativas, sobre todo, la de desarrollar la autoestima. Incluso pueden sonar a perogrullo, pero hemos preferido exponerlas antes que pasarlas por alto.

Regla nº 1: ¡Cuidado con las proyecciones!

Muchas veces, tendemos a proyectar nuestros propios temores y experiencias negativas en nuestros hijos. El padre del que se han burlado mucho de pequeño, tenderá a querer “proteger” a su hijo de esta experiencia, insistiéndole en la desconfianza hacia los demás e intentando que se anticipe a los “ataques” de los otros, atacando él antes.

No siempre expresará todo esto con palabras, pero basta que el niño vea en su padre esta actitud o que se fije en pequeños comentarios del padre para que llegue a la conclusión: “parece que el mundo es peligroso. Tendré que ir con mucho cuidado”.

La madre que está continuamente pendiente de lo que piensen los demás de ella, que tras haber estado su hija en casa de unos amigos le acribilla a preguntas sobre su comportamiento, sobre si se portó bien para que los otros se hayan llevado una buena opinión de la niña, está proyectando su temor en ésta y logrará pronto que la hija esté igualmente pendiente de lo que los demás opinen de ella.

Es difícil, pero hay que intentar de todas las formas que el hijo o alumno no se vea

“predestinado” a cumplir las expectativas que tienen sus padres respecto a él, a curar sus frustraciones o a cumplir sus esperanzas.

“Por supuesto que todo educador que lea esto, pensará: “pero yo quiero lo mejor para el niño” y la actitud que proponemos, que es la de aceptar al niño con sus ideas actitudes dejarle tener las experiencias a él es igualmente sabida como difícil de realizar. Nuestra propuesta es: analizar las propias ideas y temores y reflexionar si hay alguna que pueda ser “irracional”, fruto de alguna experiencia dolorosa que el niño no tiene por qué pasar.

Esa idea es la que no tenemos derecho a intentar “colar” al niño sin que él nos lo haya pedido ni sus experiencias nos lo hayan hecho necesario transmitir. Sí podemos, por supuesto, darle consejos o contarle nuestras experiencias, pero nunca de forma categórica ni estableciendo reglas ( “todo el mundo es así”, “nadie te va a ayudar”, “no te fíes de nadie”, etc.)

Regla no 2: No confundir un error puntual con una característica de la personalidad.

 

Un método muy poderoso para no permitir que se desarrolle la autoestima es tachar al niño de “malo”, “vago” o “desobediente” cuando ha hecho algo mal. En este caso, se está confundiendo una cosa puntual con toda la personalidad del niño. Aunque el adulto tenga claro que un niño no es “malo”, estrictamente hablando, por el hecho de haber pegado a un compañero, el propio niño no lo tiene tan claro. Si oye una y otra vez “eres malo” ante cada acto agresivo que cometa, llegará a la conclusión de que él es, efectivamente, una mala persona y, sobre todo, que no tiene remedio. Una persona que desde siempre piense que “es mala” no podrá desarrollar una sana autoestima, porque está convencida de que eso es inamovible y de que no hay nada que hacer con él.

Todos sus actos estarán marcados por el hecho de “ser malo”. Sabiendo que todos los niños quieren, en el fondo, ser “buenos” ¿qué hará el niño al que se le ha hecho sentir que es intrínsecamente malo? Tiene varias opciones, pero ninguna encaminada a desarrollar una autoestima sana ni, por supuesto, una conducta asertiva correcta.

Lo mismo ocurre con un niño que una y otra vez oye que es “cobarde” o “tonto”. Es muy diferente decirle “hoy no te has defendido bien cuando aquél niño se burló de ti” que

“eres un tonto. Todo el mundo te toma el pelo”. Seguramente, además, este niño comenzará pronto a actuar según le están diciendo que es, y de forma cada vez más sistemática.

Lejos de enseñarle conductas concretas que podría modificar, se le seguirá tachando de “tonto”, entrando así en un círculo vicioso del que es difícil salir y que al niño no le aporta ningún beneficio.

Regla no 3: Asegurarse de que las expectativas que se tienen respecto al niño son razonables y adecuadas a su nivel y edad.

 

Un niño no es igual de asertivo a los 5 que a los 9 años, lo mismo que tampoco es igual de sociable o de creativo. A cada nivel madurativo le corresponden unas pautas de conducta que, antes o después, estarían desfasadas.

El problema que tienen muchos niños es que se les exigen cosas para las que todavía no están preparados. Así, a veces, se piden ciertas “responsabilidades” cuando el niño todavía no es lo suficientemente maduro como para captar la situación en su totalidad.

Pedirle a un niño de 10 años que estudie porque es bueno para su futuro seguramente no servirá más que para que odie la asignatura. Todavía no se da cuenta de la importancia del estudio y habrá que encontrar otros elementos que le motiven a estudiar.

Lo mismo ocurre con la asertividad: muchas veces se espera que un niño pequeño reaccione de forma mucho más “valiente” ante ataques y regañinas de lo que todavía es capaz. Estas expectativas se traducen luego en grandes regañinas si el niño no se ha comportado como “debería”. Un ejemplo son los niños “llorones”, (hablamos de un margen de edad entre los 5 y los 8 años) que ante un ataque o una situación que les ponga inseguros rompen a llorar o se refugian en el adulto que más confianza les dé. Si a este niño se le tacha de “cobarde”, se le recuerda que debe de sentir “vergüenza” ante los demás o se le regaña porque debería de haberse enfrentado a la situación, no se hace más que agravar el problema: el niño tendrá cada vez más ansiedad porque nadie le está explicando realmente cuál es la conducta adecuada y, además, no se le deja tiempo para que pueda experimentar otras conductas. Hemos visto en consulta muchos niños completamente aterrorizados ante lo que puedan decirles sus padres después de haber “vuelto a llorar en el cole”.

Otro ejemplo sería la tendencia, por suerte cada vez menos extendida, de no permitir que un niño (varón) llore o se muestre débil, ya que “los hombres no lloran”.

Para este tema no se pueden establecer reglas generales: no hay una edad en la que el niño ya no “debería” de ser cobarde o débil. Cada niño madura a su ritmo y en su momento y tenemos que permitir que nuestro hijo o alumno se tome el tiempo que él necesita para aprender a ser asertivo. Por supuesto que podemos ayudarle, y de eso trata el capítulo siguiente, pero de ninguna forma coartarle en su desarrollo a base de meterle miedo o someterle a presión.

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Libro recomendado: El Cerebro Del Niño

Hoy voy a dedicar esta entrada a la recomendación de un libro, para aquellos que sois padres, psicólogos infantiles, educadores, profesores o para los que, en definitiva, estáis en contacto con niños u os interesa el tema. Se llama “El Cerebro del Niño” de Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson. Yo suelo recomendarlo a menudo entre mis pacientes, sobre todo a aquellos que tienen algún tipo de conflicto con respecto a sus hijos.

El libro se centra en la idea de Cerebro Pleno y ofrece distintas estrategias muy prácticas para ayudarlos a ser más felices, a estar más sanos y a ser ellos mismos. Algunas de estas estrategias tienen que ver con prácticas de meditación, mindfulness o atención plena que he ido exponiendo en este blog en diversas ocasiones, siempre con técnicas muy sencillas que el niño pueda realizar. También enseña a los niños a conectar las funciones del lado derecho del cerebro y el izquierdo.

Alguna de las estrategias que propone el libro son (sin ánimo de ser exhaustivos, vamos a proponer aquí unas cuantas):

-Cuando un niño tiene una emoción desagradable o un daño o caída, en lugar de negarla o restar importancia, crear un cuento o ponerle un nombre a lo que ha pasado; crear una historia verosímil sobre lo que ha sucedido.

-Estrategias para el manejo de las rabietas y diferencias entre ellas: cuando las rabietas se producen con el cerebro superior (el niño decide tener una rabieta) o cuando se producen con el cerebro inferior (la parte emocional toma totalmente el mando y el niño no es capaz de controlar la rabieta).

-El libro también enseña cómo mover el cuerpo para ejercitar además la cabeza.

-Habla de la memoria e intenta desbancar los mitos sobre la misma. Mediante una de las estrategias expuestas, se ayuda a que el niño integre sus recuerdos implícitos y explícitos, usando  una metáfora (el mando a distancia de la mente) para que reproduzca sus recuerdos (el rebobinado o retroceso).

-Enseña el uso de la rueda de la conciencia. Por ejemplo, aquí podéis ver una entrada de otro blog relacionada con la misma: http://elorigendelainfelicidad.blogspot.com.es/2015/06/la-rueda-de-siegel.html

-Otra de las estrategias tiene que ver con el mindfulness que tanto hemos expuesto en este blog: dejar pasar las emociones como nubes, enseñar mediante este ejercicio que los sentimientos vienen y van. A modo de ejemplo, en el blog propuse una técnica parecida para los adultos: https://rosaliamv.wordpress.com/2015/08/12/meditacion-para-las-emociones/. No hay que negar o restar importancia a las emociones de nuestro hijo sino enseñar a que las emociones vienen y van.

-Ofrece una visión a los adultos sobre qué son las neuronas espejo (de las cuáles trataremos en otra entrada del blog más adelante) y la importancia de las mismas para integrar el yo y el otro (los demás). Por ejemplo, una de las estrategias que se utiliza es aumentar el factor de diversión en la familia y procurar disfrutar con la compañía del otro (paternidad lúdica). Asimismo, el libro ayuda, de forma muy interesante, a gestionar los conflictos desde la empatía o a reconocer otros puntos de vista.

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Estado

Cuando yo era niño…

Hoy os propongo un ejercicio para poder conoceros un poco mejor y saber cómo fue nuestra infancia, qué es lo que recordamos, qué es lo que nos han contado y qué sentido le damos a esos aspectos en nuestra vida actual. Completar estas frases incompletas nos proporcionará un mejor conocimiento de nosotros mismos y recordar momentos felices e infelices. Si decidimos acudir a un terapeuta, también le proporcionará una información importante para entender vuestro mundo interior, aunque trabajará con vuestros problemas actuales. Os invito a la reflexión:

-Completa cada una de las siguientes oraciones y hazlo tan deprisa como sea posible:

  • Cuando tenía cinco años…
  • Cuando tenía diez años…
  • Cuando yo era pequeño, el mundo era…
  • Cuando yo era pequeño, mi cuerpo era…
  • Cuando yo era pequeño, la gente era…
  • Cuando me sentía solo, yo…
  • Cuando me sentía  entusiasmado, yo…
  • Cuando yo era pequeño, la vida me parecía…
  • Si el niño que hay dentro de mí pudiera hablar, diría…
  • Una de las cosas por las que tuve que pasar de niño para sobrevivir fue…
  • Una de las maneras en que trato a mi yo infantil como lo hacia mi madre es…
  • Una de las maneras en que trato a mi yo infantil como lo hacia mi padre es…
  • Cuando mi niño interior siente que no le hago caso…
  • Cuando mi niño interior siente que lo critico…
  • Una de las maneras en que ese niño me crea problemas es…
  • Creo que yo actúo como mi yo infantil cuando…
  • A veces, lo difícil de aceptar de lleno a ese niño interior es…
  • Sería más amable con mi niño interior si yo…
  • Si escuchara las cosas que ese niño necesita decirme…
  • Si acepto plenamente al niño como un aspecto valioso de mí mismo…

¿Os ha ayudado? ¿Sacáis alguna conclusión?

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 Extraído I. Pinillos