La Prueba del Vecino

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El especialista en educación emocional Maurice J. Elías pide a los padres que acuden a sus talleres que hagan esta prueba. Imaginen que todos en casa se están peleando: rencillas, gritos, exabruptos, reproches, prisas y tensión invaden la casa. Alguien llama a la puerta. Es el vecino. Cuando entra en casa, todos se calman de repente. Nada es demasiado bueno para el vecino: los miembros de la familia son de repente increíblemente civilizados y atentos. Todos están encantados y se lo pasan bien.
Cuando el vecino se marcha pueden ocurrir dos cosas: que todos empiecen de nuevo a pelearse o que cada cual retome sus actividades sin más. Y Elías pregunta a los padres: «¿Por qué necesitamos que un vecino nos obligue a ejercer el autocontrol que todos llevamos dentro? Los adultos necesitan aprender a comportarse con inteligencia emocional sin que nada les fuerce a ello. Así que recomiendo a los padres que hagan la prueba del vecino. Es muy sencilla: ¿es usted capaz de comportarse con sus hijos y su pareja durante un día entero como si un vecino lo estuviese escuchando todo el tiempo? ¿No decir nada a su hijo o pareja que el vecino no pudiese escuchar? Muchos padres me confiesan que les resulta muy difícil. Y yo les digo que cuando consigan hacerlo durante todo un día, tienen que intentar hacerlo durante un día todas las semanas. Las personas necesitan este día semanal para encontrar de nuevo su equilibrio emocional, para que les hablemos de forma más respetuosa y cariñosa, sin esos pequeños insultos y palabras de desaliento que utilizamos a diario. Nuestros hijos tendrán entonces la prueba de que sí, «mis padres me quieren. Piensan que en el fondo, soy lo que debería ser. No sólo ocurre cuando viene el vecino, me lo dicen todas las semanas». Las familias lo necesitan para tener un clima emocional más inteligente y equilibrado».
El niño pequeño tiene la necesidad de pertenecer a su familia y de formar parte de su entorno. Quiere cooperar y participar, sentirse parte de su núcleo familiar y social. Esta tendencia innata lo hace imitar y creer ciegamente en el adulto. El mecanismo emocional en cualquier hogar es meridiano: el hijo nace y su necesidad absoluta es recabar el amor de sus padres. Es probable que sus padres lo quieran, pero tal vez tengan unos patrones emocionales determinados que consciente o inconscientemente impondrán a su hijo. «Para que te quiera de verdad —le dirán una y otra vez aunque sea de forma silenciosa— debes comportarte de esta manera». El hijo hará lo imposible por cumplir las demandas de sus padres. Si los padres, en cambio, en aras de la libertad del hijo, se tornan tan permisivos que no son capaces de ejercer sus funciones de forma adecuada, el hijo tampoco saldrá ganando. No aprenderá a reconocer y a gestionar sus impulsos y sus emociones; tendrá tantas opciones, en un ambiente tan permisivo, que no llegará a entender qué le gusta de verdad, cuáles son sus deseos y en qué situaciones debe aprender a controlarse. No aprenderá a responsabilizarse de sí mismo y culpará a los demás de sus fallos. Un niño así, sin un sentido claro de quién es, porque no le han permitido desarrollarlo, será tan infeliz y tan emocionalmente inepto como el niño al que los padres han dirigido hasta despojarlo de su verdadera personalidad.
En el conocimiento de nuestros miedos y patrones emocionales inconscientes está la clave de nuestra libertad y de la de nuestros hijos.

**Extraído de Elsa Punset: Brújula para navegantes emocionales.

¿Existe la depresión infantil?

Para Diagnosticarla se deben presentar 5 o más síntomas del DSM-IV. Además un episodio depresivo dura al menos dos semanas. El niño sufre intenso malestar y se resienten sus relaciones con los amigos, su rendimiento académico y otras áreas importantes de su vida. Aunque niños y adolescentes presentan también abatimiento, desesperanza, desánimo, que se revela en su cara seria, preocupada, triste, en su llanto, quejas de dolores de cabeza, barriga, en sus comentarios, se muestran inestables e irritables. Suelen estar enfadados, responden con explosiones de genio a trivialidades, insultan, pelean, se derrumban ante nimiedades. La irritabilidad normal y la de la depresión se distinguen en que esta última es mucho más frecuente, intensa y duradera. Ha de ser prácticamente constante durante al menos 14 días. El otro aspecto más típico de la depresión es la falta de interés y de placer en actividades que resultaban agradables y motivadoras con anterioridad a la aparición del trastorno. El desinterés y el descuido de aficiones unido a la falta de energía, resultante de la alimentación escasa, sueño no reparador y cansancio, conducen a la pasividad. El niño pierde apetito y en consecuencia peso, o no consigue los aumentos de peso propios de su etapa de desarrollo o crecimiento. Las dificultades para conciliar y mantener el sueño pueden surgir al principio de la noche, vueltas en la cama, sábanas que molestan, picores por el cuerpo, en medio de la noche, despertares frecuentes e intervalos prolongados para dormirse de nuevo, al final de la noche, desvelar temprano e imposibilidad de volverse a dormir. Lo usual son los déficit, pero en algunos casos se observan excesos, el niño devora pasteles, pizzas, espaguetis, duerme más de lo habitual… El hecho de que un niño coma poco o duerma poco no es inicio de depresión. Para sospechar un posible trastorno de depresión hay que constatar una disminución llamativa de las cantidades de alimento y de las horas de sueño que le niño acostumbra a ingerir y dormir asociadas a otros cambios negativos. En la depresión agitada aumenta la actividad psicomotora. Es difícil que el niño permanezca sentado tranquilamente. Como si le quemara el asiento se levanta, se pasea de un lado a otro poniendo nervioso a las personas que le rodean. Existe un trastorno distinto que se llama hiperactividad que se caracteriza por exceso de movimiento que unido a impulsividad y falta de atención puede aumentar el riesgo de accidentes y lesiones. También se asocia a dificultades en el aprendizaje escolar por lo que el niño hiperactivo proporciona numerosos quebraderos de cabeza a padres y maestros. En la depresión enlentecida el niño piensa, habla y se mueve a cámara lenta. Conversar se torna tarea ardua. Si se le formula una pregunta tarda en contestar, es posible que haya que repetírsela. Habla tan flojo que la voz no le llega al cuello de la camisa. Los temas de conversación son poco variados. Los periodos de silencio prolongados. A veces se encierra en un pertinaz mutismo. En ocasiones permanece inmóvil mucho rato. Con frecuencia el joven siente que se le ha agotado la batería. Ha de desplegar un gran esfuerzo para levar a cabo acciones cotidianas como vestirse o asearse. Se siente fatigado incluso sin haber realizado ejercicio físico que lo justifique. Su autoconcepto y autoestima están por los suelos. Acontecimientos neutros los considera pruebas irrefutables de sus tareas personales. Conceden una importancia exagerada a pequeños errores pasados. Su sentido de la responsabilidad es excesivo. Se queja de dificultades para pensar, atender, recordar y tomar decisiones. Da la impresión de estar distraído o ausente. Los problemas de razonamiento, concentración y memoria se traducen en peores notas en las evaluaciones escolares. Las características de la depresión pueden aparecer a cualquier edad. Los cambios biológicos, psicológicos y sociales que ocurren con la edad explican que la depresión presente ligeras variaciones en función de las etapas de desarrollo infantil. Durante la infancia predominan las reacciones psicofisiológicas y motoras como irritabilidad, rabietas, llanto o problemas de control de esfínteres mientras que en la adolescencia adquieren relevancia respuestas cognitivas como el disgusto por la imagen corporal propia, la visión pesimista del futuro o ideas catastrofistas. Con el paso de los años la depresión se asemeja más a la de los adultos. Los acontecimientos desencadenantes y las repercusiones negativas difieren también según la etapa del desarrollo. En la primera infancia el contexto familiar posee mayor peso. Gradualmente la escuela va adquiriendo preponderancia. Para el joven, las relaciones con los de su misma edad, la pandilla de amigos o el otro sexo, son muy relevantes de modo que aparecen alteraciones y problemas como los de tipo sexual ausentes en las depresiones prepuberales. La depresión es más común en muestras clínicas que en población infantil general. Este dato revela una alta tasa de comorbilidad. Es decir, un importante porcentaje de niños con depresión presentan al mismo tiempo otros problemas psicológicos. La asociación más notable es con ansiedad, conducta antisocial, consumo de drogas, hiperactividad y oposicionismo.

 

BIBLIOGRAFÍA:Cantwell, D.P y Carlson, G.A. (1987) Trastornos afectivos en la infancia y adolescencia. Barcelona: Martínez Roca.Del Barrio, V (1997). Depresión infantil: Causas, evaluación y tratamiento. Barcelona: Ariel.

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Tipos de cyberbullying

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Se han escrito distintos artículos en este blog relacionados con acoso laboral, rumores y ciberacoso (ver la categoría de ACOSO). Esta entrada va a ser muy breve y trata de distinguir los distintos tipos de cyberbullying que puede estar sufriendo un niño, adolescente o adulto. Nos centraremos aquí en el acoso que se realiza a través de medios electrónicos como correo electrónico, redes sociales, mensajería instantánea, blogs, teléfonos móviles, buscadores, sitios webs o redes sociales.

Categorías de cyberbullying:

  • Flaming (ver flame): son mensajes violentos y vulgares en línea para suscitar batallas verbales en un foro o similar.
  • Molestias (harassment): es el envío repetido de mensajes ofensivos diseñados para herir a alguien.
  • Denigración: se calumnia a alguien para dañar su reputación, por email, mensajería instantánea…
  • Suplantación (impersonation): consiste en hacerse pasar por otra persona al enviar mensajes o publicar textos censurables.
  • Revelaciones (exposure): es la publicación de información privada o embarazosa de otra persona.
  • Engaño (trickery): normalmente consiste en ganarse la confianza de alguien mediante el engaño para después publicar o compartir con otras personas esa información obtenida por medios electrónicos.
  • Exclusión deliberada: cuando ese aislamiento se produce en un grupo on-line con el objetivo de herir a la persona.
  • Ciberacoso (cyberstalking): son molestias y denigración repetidas y amenazantes para infundir miedo.

El tratamiento y las consecuencias pueden ser los mismos que los señalados en otros de los artículos escritos sobre el acoso. No obstante, dada la emergencia y la importancia de las nuevas tecnologías y de los medios de comunicación electrónicos que existen entre los adolescentes y niños, debemos estar pendientes para detectar acoso dentro de la diversidad de formas del mismo que existen en la actualidad.

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Atención plena para niños y adolescentes

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Hemos hablado en este blog sobre ejercicios para trabajar la atención plena o de Mindfulness. En nuestra consulta hemos planteado algún taller dirigido a padres y a niños y adolescentes, para poder trabajar la atención, la concentración y la relajación en ellos mediante esta práctica. Los que habéis ejercitado con ella en alguna ocasión ya conocéis los beneficios que tiene la práctica continuada de Mindfulness, pero ¿qué puede aportar a los niños y adolecentes?

  • Favorece el aprendizaje y fomenta el rendimiento.
  • Refuerza la atención y concentración.
  • Reduce la ansiedad ante evaluaciones y exámenes.
  • Produce bienestar en general.
  • Ayuda en las relaciones sociales y vínculos sanos.
  • Mejora el autoconocimiento, el aprendizaje social y emocional.
  • Ofrece herramientas de control del estrés.
  • Mejora el control de impulsos.
  • Fomenta el autocontrol, autososiego y autorreflexión.

Os dejo ahora una técnica que podéis utilizar con vuestros hijos o alumnos y que tiene que ver con la atención plena. He elegido esta porque me parece muy completa. Se llama Dibujar La Mente.

PRIMERA PARTE: ESTADO MENTAL ACTUAL.

-Les decimos a los niños o niño que se sienten en silencio y dejamos pasar 30 segundos.

-Les preguntamos: ¿hay pensamientos, sentimientos o emociones? ¿Ninguno, alguno, muchos? ¿Se mantienen constantes o cambian?

-Les damos un folio o se lo podemos dar previamente y les decimos: “dibuja en el tercio derecho de tu papel una imagen de tu estado mental actual”. Dejamos pasar un minuto.

-Les decimos que vuelvan a quedarse sentados, en silencio.

-Les indicamos que plieguen hacia abajo el tercio izquierdo del papel (con el dibujo), de modo que queden cara arriba, cubriéndolo, las dos columnas.

SEGUNDA PARTE: EN SILENCIO DESPUES DEL SONIDO.

-Hacemos sonar una nota con un instrumento: guitarra, piano, percusión, triángulo, campanilla,  etc. En meditación se suelen usar unos crótalos. Les decimos que escuchen el sonido hasta que se difumine en el aire. Si no es posible tener un instrumento a mano, en Internet hay tonos o mp3 que se pueden descargar con sonidos de campanilla o crótalos.

-Les animamos a que adviertan qué está pasando por su mente ahora.

-Les decimos: “dibuja en el tercio central del papel una imagen de tu estado mental”. Dejamos un minuto.

-Les decimos que vuelvan a quedarse sentados, en silencio.

-Les indicamos que plieguen hacia abajo el tercio central del papel (con el dibujo), de modo que queden ahora dos columnas hacia abajo, quedando visible, hacia arriba, una sección en blanco.

TERCERA PARTE: SILENCIO Y RESPIRACIÓN CON ATENCIÓN PLENA.

-Hacemos sonar la misma nota o sonido. Les decimos que escuchen el sonido hasta que se difumine en el aire.

-Les indicamos: “traslada tu atención a la respiración”.

-“Respira con normalidad, prestando atención a la sensación del aire al llenarte los pulmones y al volver a subir y salir de nuevo por donde entró”.

-“Date cuenta cuándo pierdes la consciencia de la respiración y empiezas a pensar en otra cosa, a soñar despierto, a preocuparte por algo, a quedarte dormido…”.

-“Dirige entonces tu atención de nuevo a tu respiración”.

-“Advierte lo que está pasando por tu mente ahora”.

-Les pedimos que dibujen en el tercio derecho del papel una imagen del estado mental actual y dejamos un minuto.

-Reproducimos el sonido o la nota y solicitamos que lleven la atención de nuevo y lentamente al sitio donde están (habitación, casa, aula).

-Les pedimos que desplieguen el papel para que queden visibles los dibujos de las tres secciones.

Por último, sería interesante, iniciar un breve debate sobre los tres dibujos, analizarlos, compararlos con otros niños (si ha hecho el ejercicio en grupo), sacar alguna conclusión, ver las diferencias entre los tres, etc.

Para los que quieran ampliar información sobre Mindfulness para niños y adolescentes, me permito recomendarles dos lecturas y, además, pueden consultarnos personalmente a través del formulario o del correo o teléfono.

**Para profesores o educadores recomiendo: Schoeberlein, Deborah. “Mindfulness para enseñar y aprender. Estrategias prácticas para maestros y educadores”. Madrid: Ed. Neo Person.

**Para padres interesados en el tema: Snel, Eline. “Tranquilos y atentos como una rana”. Madrid: Ed. Kairós.

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¿Qué le estás transmitiendo a tus hijos?

Me gustaría escribir una nueva entrada relacionada con otra anterior (https://rosaliamv.wordpress.com/2014/10/06/educar-a-los-ninos-para-ser-asertivos/).

Si pretendemos enseñar a nuestros hijos asertividad, como en el anterior post, hay que tener en cuenta que podemos tener en nuestra cabeza una serie de creencias que no nos van a ayudar a ello. Son creencias muy extendidas socialmente pero, no por ello, ciertas ni inamovibles. A veces,  estas creencias o pensamientos muy instaurados pueden perpetuar la agresividad y la violencia, otras pueden legitimar la sumisión, el acoso, etc., pero en ningún caso incitan a la igualdad, a la simetría en las relaciones sociales ni guían hacia el comportamiento asertivo. Atención a las creencias que transmitimos.

¿A qué creencias nos referimos? (Basado en Díaz-Aguado, 2004)

-Las que justifican comportamientos de violencia e intolerancia y/o hacia el dominio y la sumisión: justificar violencia entre iguales, racismo, sexismo, xenofobia… ¿Decimos algo de este tipo delante de los niños?

-Creencias que dificultan el ponerse en el lugar de los otros (no empática), no promover el intentar comprender al otro.  ¿Les enseñamos a pensar cómo se siente el otro, qué es lo que le lleva a actuar de esa forma?

-Las que tienen que ver con un sentido inapropiado de la justicia (“si te pegan, pega”), con legitimar la venganza  (el ojo por ojo…), con la conspiración del silencio (los estereotipos de chivato, cobarde dentro de la escuela…), la arrogancia, el pensamiento grupal, responder a la violencia con más violencia.

-No proponer a tu hijo soluciones alternativas basadas en la no violencia. Por el contrario, suponer que las estrategias violentas para resolver un conflicto son las mejores.

-Suponer que los problemas de tu hijo tienen que ver, únicamente, con los profesores e iguales.

-Minimizar la importancia de las agresiones entre iguales, considerarlas como inevitables (“es normal que tu amigo agrediera a X, le estaba provocando”, “si no devuelves los golpes que recibes, pensarán que eres un cobarde”).

-La creencia de que el castigo físico es necesario y superior, en algunos sentidos, al diálogo o la comunicación. El castigo físico frecuente en el niño puede dar lugar a que resuelva situaciones conflictivas empleando tácticas violentas y no asertivas.

¿Te sientes reflejado en alguna de ellas? ¿Crees que esto ayuda a tu hijo o hija en el desarrollo de su asertividad? ¿Crees que legitima el comportamiento violento?

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¿Menores acosados o acosadores?

Queremos de nuevo hablar sobre acoso y violencia, ciñéndonos, en este caso, al concepto de violencia y acoso escolar. A diferencia del acoso laboral, las víctimas dependen de la intervención de un adulto que detecte la situación a tiempo y tome las medidas correspondientes. El afectado suele ser menor de edad y la detección por parte de sus padres o de sus profesores es crucial para resolver el problema, antes que se produzca algún hecho dramático como el que vemos últimamente en las noticias. Dejando a un lado los factores de riesgo, que tienen también su importancia, y siguiendo a la autora Ángela Serrano (2006), vamos a exponer los indicadores más importantes que nos pueden informar como PADRES sobre lo que está pasando. Un indicador por sí solo no suele ser predictor de lo que ocurre, pero sí puede constituir una señal de alarma.

Mucha atención a estos indicadores porque el niño o adolescente puede ser víctima de una situación de acoso o violencia pero también puede ser el que agrede o acosa a otros. En cualquiera de los dos casos se hace necesario intervenir con urgencia:

Indicadores que pueden hacernos pensar que nuestro hijo sufre violencia o acoso escolar (evidentemente no tienen que estar presentes todos; hay que estar pendientes si aparecen varios de ellos):

  • Presenta muchos cambios de humor (más de lo normal en la adolescencia).
  • Muestra frecuentemente tristeza o síntomas depresivos.
  • Se aísla de la realidad.
  • Pasa muchas horas en soledad y no sale con los iguales.
  • Abandona bruscamente actividades que realizaba con su grupo de amigos.
  • Presenta pocas o nulas relaciones con sus compañeros de clase o del centro.
  • Habla poco o nada de sus actividades en el centro y evitar cualquier pregunta al respecto.
  • Ha empeorado en su rendimiento escolar.
  • Presenta síntomas psicosomáticos el domingo o el día anterior a incorporarse al centro (por ejemplo: dolores abdominales, vómitos, dolores de cabeza…).
  • Evita ir al colegio o poner excusas para faltar.
  • Sale de casa con el tiempo justo para llegar al centro.
  • Evita encontrarse en la calle con determinadas personas de su centro escolar.
  • Se queja repetidamente de ser objeto de insultos, burlas o agresiones en el citado centro.
  • Comenta que se le pierden a menudo los útiles escolares y/o el dinero.
  • Ha aparecido con la ropa rasgada.
  • Presenta moratones y/o heridas.

Indicadores que pueden hacernos pensar que nuestro hijo agrede o acosa a compañeros o está integrado en una pandilla que así actúa:

  • Muestra ausencia de empatía.
  • No se pone en el lugar del otro cuando se le pide reflexionar sobre su conducta.
  • Es egocéntrico.
  • No acepta la responsabilidad de sus actos ni pide disculpas.
  • Se muestra rebelde y no cumple las normas familiares, sociales…
  • Quiere tener siempre la última palabra.
  • Es prepotente con sus hermanos o allegados.
  • Es dominante en la relación con sus amigos.
  • Disfruta burlándose y humillando a sus amigos cada vez que hay oportunidad.
  • Habla de forma despectiva de compañeros.
  • Has recibidos dos o más llamadas de atención por peleas con compañeros.
  • Has sido citado en dos o más ocasiones por problemas de relación de tu hijo.

En cualquier de los dos casos, una vez detectado el problema, se hace necesaria una intervención psicológica y en el ámbito de la familia y de la escuela.

Si detectamos que nuestro hijo o hija puede ser víctima de una situación de este tipo, debemos ofrecerle todo nuestro apoyo y confianza, pensando juntos posibles alternativas de solución y propiciando actividades con otros chicos de su edad, sin forzarlas. Es necesario, planificar con el centro escolar estrategias para acabar con esa situación. En ocasiones, será necesaria la terapia para fomentar su autoestima y la asertividad y habilidades sociales.

En el caso de que nuestro hijo sea el agresor, hay que abordar directa y urgentemente el problema con él, informándole de las correspondientes sanciones por su comportamiento. Puede ser conveniente la terapia si el padre o madre no se ve con la suficiente autoridad para abordar el problema y también para trabajar sus habilidades sociales y su empatía. Se deben, asimismo, buscar soluciones conjuntas con el centro escolar, frecuentando el mismo hasta que cese ese comportamiento y, en el caso de que el comportamiento violento se lleve a cabo en grupo, solicitarle que rompa esas relaciones.

**Libro recomendado para más información: Serrano, Ángela (2006). Acoso y violencia en la escuela. Cómo detectar, prevenir y resolver el bullying. Ariel: Barcelona.

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¿Cómo les decimos que nos separamos?

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En esta entrada, vamos a hablar brevemente sobre la comunicación de la separación de los padres cuando los hijos son pequeños, tema muy espinoso, por la culpabilidad que surge en la pareja y la incertidumbre por saber si lo están haciendo o lo van a hacer de una forma adecuada. A consulta nos llega, de una forma relativamente frecuente, una persona o pareja que posee una dificultad principal: cómo comunicar que nos separamos a nuestros hijos.

La situación ideal es poder preparar la situación, para tenerlo todo más bien controlado y que podamos manejar distintos tipos de reacciones, siempre intentando que los miembros de la pareja estén lo más fríos posible, dentro de lo que se pueda, y que hayan sacado y manifestado, en el pasado, gran parte del dolor previo que produce la separación. En la medida de lo posible, la conversación debe tener lugar en un espacio seguro, a ser posible dentro de la casa familiar.

No existe una situación o momento ideal para comunicarlo; basta con decir que nos sirve una situación de calma en la que se hallen todos los miembros de la familia. Cuando hablamos de familia, nos referimos a la familia nuclear (padre, madre e hijos), no al resto de miembros de la familia extensa, que podrán prestar su ayuda en momentos posteriores pero no en éste. Podría ser buena idea incluir a una figura objetiva en la situación, de ser necesario, como un mediador, psicólogo, trabajador social, miembro de una asociación, etc.

Las pautas generales, a la hora de comunicar este hecho, son: comunicárselo de una manera que estemos hablando desde nuestros propios sentimientos y teniendo en cuenta los suyos, aplicando un tono emocional a la exposición, siendo cercanos, transmitiendo seguridad y dejándoles claro que se les va a seguir queriendo, siempre siendo francos, naturales y abiertos. Es muy importante evitar descalificaciones y hablar mal del otro. Se hace preciso reconducir la situación si tiene lugar un conflicto; no debemos hacer que ellos tengan que elegir entre uno y otro progenitor y dejar las puertas abiertas para que ellos puedan preguntar o hablar sobre la separación. Por último, es fundamental adaptarse a la edad que tiene cada uno de los hijos a la hora de conversar con ellos: un bebé necesitará que le expresemos seguridad, a un niño de dos a cuatro años se le explicará de modo sencillo sin dar demasiadas explicaciones y con un niño más mayor nos ajustaremos más a su nivel y la explicación puede ser un poco más compleja.

Los puntos que nunca deben faltar en lo que se va a decir a los niños son los siguientes: que nos vamos a separar, que no les vamos a abandonar ni dejar de querer, detallar la nueva organización familiar explicada a su nivel (cómo van a vivir a partir de ahora, dónde y con quién, que van a seguir teniendo los mismos amigos y yendo al mismo colegio, que verán a los familiares cercanos, abuelos, primos y tíos, cómo serán las vacaciones y con quién, etc.), que se separan papá y mamá y no ellos. Esta información puede dosificarse a medida que los niños van preguntando acerca de la nueva situación y conviene recurrir a ejemplos cercanos que puedan entender (por ejemplo, cuando te enfadas con un amigo del colegio). La situación ideal es aquella en la que se informa a los hijos de todos estos aspectos y pasa un periodo de tiempo hasta que se hace efectiva la separación. Viven muy negativamente que la marcha de uno de los cónyuges sea repentina o de un día para otro.

En el caso de problemas concretos en nuestros hijos derivados de la separación, trastornos de conducta, rabietas recurrentes, duelo complicado, ansiedad, miedo al rechazo, etc. los padres pueden consultar a un profesional que pueda echarles una mano, así como, leer algún texto que un experto les pueda recomendar, que les ayude a manejar esas situaciones. De esta manera, podemos facilitar la superación de la vivencia de la separación y el manejo de problemas asociados, si es que se dan.