Inteligencia emocional en pareja

En terapia de pareja es bien sabido que el amor no es suficiente para tener una convivencia satisfactoria. En un primer momento de la terapia, se hace necesario investigar si el afecto es correspondido por ambos miembros de la pareja y si los dos asumen la corresponsabilidad de la psicoterapia y quieren participita activamente de ella. Una vez investigados estos dos puntos, nos hacemos dos preguntas para trabajar con parejas:

¿Qué habilidades o comportamientos tiene las parejas para funcionar juntos exitosamente? ¿Cómo son las parejas que conviven con éxito?

La respuesta a estas preguntas las resuelva la INTELIGENCIA EMOCIONAL, según al artículo en el que nos basamos (ver más abajo). La inteligencia emocional consiste en:

-Intentar hacer las cosas lo mejor que saben hacerlas.

-Aprovechar los puntos fuertes y potenciar los débiles.

-Practicar y aprender habilidades y capacidades encubiertas propias de la persona.

-El conocimiento de las emociones y su correcta regulación y canalización.

Es sabido que todas las personas experimentamos las mismas emociones ante situaciones vividas de la misma manera. Lo que nos diferencia es cómo resolvemos la situación que ha provocado esa emoción. Una pareja puede encontrarse en una situación que afecta a ambos y hacerla frente de una forma totalmente distinta. Asimismo, los miembros de la pareja pueden vivir una situación de manera opuesta, ya que las emociones que se han despertado no son las mismas.

En el contexto de la relación las personas experimentamos respuestas emocionales y necesitamos que la otra persona las comprenda, así como, que el otro sintonice con ellas y podamos tener la expectativa de que nos va a prestar su apoyo emocional. Si la persona sabe cómo regular la emoción y, además, encuentra el apoyo en su pareja, el resultado es una satisfacción interna y con la pareja.

Muchas parejas con problemas desconocen sus reacciones y saben que el otro miembro no les da el apoyo emocional que precisan, pero tampoco saben expresar de manera comprensible qué apoyo necesitan. Ejemplo de esto: una mujer recuerda una pérdida y se pone triste y desea ser consolada, querida o abrazada. En lugar de eso, su pareja le da consejos, le dice que ya pasó y cómo debe sentirse. Ambos se sentirán no entendidos: ella que no se siente escuchada ni comprendida; él se sentirá rechazado, inseguro… Ella no sabe pedir cariño y lo que necesita y él no sabe dar ese abrazo que ella quiere y, por el contrario, da ánimos. Esta situación podría haber creado un lugar para la intimidad y, en lugar de eso, se convierte en una herida emocional.

Muchas veces el problema de pareja tiene que ver con que cada uno de ellos siente su propio dolor y no puede percibir que la reacción del otro está vinculada a la propia. Suele existir, asimismo, una tendencia a personalizar, creer que solamente su pareja lo hace mal y además, sólo se lo hace a ellos.

Por otro lado, los dos pilares fundamentales de la Inteligencia Emocional son el autoconocimiento de la respuesta emocional y la autorregulación de la misma. Cuando entendemos qué es lo que estamos sintiendo y cómo canalizarlo, puede ser que no nos guste pero al menos sabemos qué hacer con ello.

Según el artículo que estamos siguiendo, es fundamental analizar con la pareja las emociones básicas: miedo, tristeza, rabia, alegría y amor.

-El miedo (inquietud, ansia, temblor) comporta una situación vivida como peligrosa y necesitamos protección.

-La tristeza (llanto, cambio de semblante) comporta una situación vivida como una pérdida y necesitamos consuelo.

-La rabia (agitación, grito) comporta una situación vivida como injusta y necesitamos comprensión.

-La alegría (saltos, llanto) comporta una situación vivida como ganancia y necesitamos compartirla.

-El amor (latidos, mariposas) comporta una situación vivida como plenitud y necesitamos correspondencia.

Este análisis se puede realizar mediante preguntas, lanzando la misma a la pareja acerca de la situación vivida que provoca la emoción.

L a manera de afrontar las emociones se aprende, principalmente, en la familia, que es el modelo para aprender a resolver las emociones. Cuando una pareja decide unirse también tienen que ir conociendo los diferentes estilos para afrontar las situaciones emocionales.  Por todo ello, el trabajo que se debe hacer con la pareja es el mutuo conocimiento de la expresión de las emociones y el trato que espera recibir cada uno en una determinada situación. Cada uno de los miembros necesita ser reconfortado de una manera ante una situación que les ha despertado una respuesta emocional. Además de sentirse de diferente forma, ante una situación concreta los dos no van a reaccionar, sentir, necesitar o expresar lo mismo. Esto es lo más importante que se tratará con el psicólogo en pareja con distintos ejercicios y claves terapéuticas planteadas en la consulta.

Artículo: Gomà i Quintillà, H. Terapia de pareja en el marco de la inteligencia emocional. Revista: Inteligencia emocional y psicoterapia. Nº 60. Vol. XV. Págs. 147-159.

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La Prueba del Vecino

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El especialista en educación emocional Maurice J. Elías pide a los padres que acuden a sus talleres que hagan esta prueba. Imaginen que todos en casa se están peleando: rencillas, gritos, exabruptos, reproches, prisas y tensión invaden la casa. Alguien llama a la puerta. Es el vecino. Cuando entra en casa, todos se calman de repente. Nada es demasiado bueno para el vecino: los miembros de la familia son de repente increíblemente civilizados y atentos. Todos están encantados y se lo pasan bien.
Cuando el vecino se marcha pueden ocurrir dos cosas: que todos empiecen de nuevo a pelearse o que cada cual retome sus actividades sin más. Y Elías pregunta a los padres: «¿Por qué necesitamos que un vecino nos obligue a ejercer el autocontrol que todos llevamos dentro? Los adultos necesitan aprender a comportarse con inteligencia emocional sin que nada les fuerce a ello. Así que recomiendo a los padres que hagan la prueba del vecino. Es muy sencilla: ¿es usted capaz de comportarse con sus hijos y su pareja durante un día entero como si un vecino lo estuviese escuchando todo el tiempo? ¿No decir nada a su hijo o pareja que el vecino no pudiese escuchar? Muchos padres me confiesan que les resulta muy difícil. Y yo les digo que cuando consigan hacerlo durante todo un día, tienen que intentar hacerlo durante un día todas las semanas. Las personas necesitan este día semanal para encontrar de nuevo su equilibrio emocional, para que les hablemos de forma más respetuosa y cariñosa, sin esos pequeños insultos y palabras de desaliento que utilizamos a diario. Nuestros hijos tendrán entonces la prueba de que sí, «mis padres me quieren. Piensan que en el fondo, soy lo que debería ser. No sólo ocurre cuando viene el vecino, me lo dicen todas las semanas». Las familias lo necesitan para tener un clima emocional más inteligente y equilibrado».
El niño pequeño tiene la necesidad de pertenecer a su familia y de formar parte de su entorno. Quiere cooperar y participar, sentirse parte de su núcleo familiar y social. Esta tendencia innata lo hace imitar y creer ciegamente en el adulto. El mecanismo emocional en cualquier hogar es meridiano: el hijo nace y su necesidad absoluta es recabar el amor de sus padres. Es probable que sus padres lo quieran, pero tal vez tengan unos patrones emocionales determinados que consciente o inconscientemente impondrán a su hijo. «Para que te quiera de verdad —le dirán una y otra vez aunque sea de forma silenciosa— debes comportarte de esta manera». El hijo hará lo imposible por cumplir las demandas de sus padres. Si los padres, en cambio, en aras de la libertad del hijo, se tornan tan permisivos que no son capaces de ejercer sus funciones de forma adecuada, el hijo tampoco saldrá ganando. No aprenderá a reconocer y a gestionar sus impulsos y sus emociones; tendrá tantas opciones, en un ambiente tan permisivo, que no llegará a entender qué le gusta de verdad, cuáles son sus deseos y en qué situaciones debe aprender a controlarse. No aprenderá a responsabilizarse de sí mismo y culpará a los demás de sus fallos. Un niño así, sin un sentido claro de quién es, porque no le han permitido desarrollarlo, será tan infeliz y tan emocionalmente inepto como el niño al que los padres han dirigido hasta despojarlo de su verdadera personalidad.
En el conocimiento de nuestros miedos y patrones emocionales inconscientes está la clave de nuestra libertad y de la de nuestros hijos.

**Extraído de Elsa Punset: Brújula para navegantes emocionales.

Triángulo Dramático en las relaciones

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Es un modelo psicológico utilizado en el mundo de la clínica (adicciones, violencia de género, problemas familiares, síntomas psicológicos que parecen tener su origen en la familia…). Se llama también Triángulo de Karpman y yo lo conocí a través de la colaboración en una ONG que sigo realizando, a día de hoy, donde se ven numerosos problemas familiares y ambientes desestructurados.

El triángulo se resume en lo siguiente:

Perseguidor                                      Salvador

Víctima

Estos son tres papeles que se pueden aprender en el seno de la familia o en el colegio y se ejercitan de modo no consciente y repetitivo.

El salvador va por la vida prestando ayuda y mantiene la dependencia de otros hacia él. Su percepción es que otros le necesitan y necesita una víctima para poder resolver sus problemas. El Salvador actúa bajo el influjo de la culpa y por la necesidad de sentirse superior. Lo que consigue haciéndose cargo de los problemas de los demás es evitar sentir su propio sufrimiento: ojos que no ven, corazón que no siente. Un ejemplo de salvador es aquella mujer de un alcohólico que no llega a comprender todos los sacrificios que ella hace, lo generosa que es y la buena voluntad de soportar los abusos del alcohólico. Un profesional de la salud también puede extralimitarse en sus funciones, adquiriendo también ese rol de salvador.

El caso de la víctim, ésta no hace bien las cosas o es autodestructiva, envía mensajes verbales y no verbales quejándose, da una imagen de indefensión y puede provocar sufrimiento a los demás. La Víctima siente culpa, inferioridad, tristeza y tiene una baja autoestima. Su sentimiento básico es de resentimiento contra la vida que le hace sufrir y contra los Salvadores que siguen incapacitándola con su ayuda. La víctima no es consciente de que la persona adulta tiene capacidad de decisión y es responsable de cambiar su situación.

Por último, el perseguidor se comporta de forma agresiva, desea satisfacer sus necesidades y actúa según su propio interés, haciendo sufrir a otros. Suele cebarse con el rol de víctima. Pueden ser activos (quieren satisfacer sus necesidades pero pasando por encima de otros), vengativos (desean castigar a los otros y tener la sensación de que han vencido) y pasivos (no cumplen con sus obligaciones poniendo a los demás en serios apuros).

Las personas intentan cambiar de papel periódicamente para poder sentirse mejor pero si no salen de este triángulo patológico y sólo cambian de papeles, el problema se autoperpetúa.

Un ejemplo de rol permanente y patológico sería el siguiente: en el campo de las drogodependencias, estos papeles son siempre representados por las familias, por ejemplo el caso típico de un padre que hace de Perseguidor, la madre que va de Salvadora y el hijo que hace indistintamente los papeles de Perseguidor de la familia y de Víctima de la droga.

La opción de cambio real sería el Triángulo del ganador, que consiste en:

Asertivo                                                                  Ayudador Empático

Vulnerable y Responsable

El papel de ayudador empático es diferente al de Salvador. El ayudador se preocupa por los demás, pero respeta la capacidad para que los otros, por sí mismos, resuelvan sus problemas. Tienen conciencia de sus necesidades y sentimientos propios, para decidir si dan ayuda o no. Generalmente, anteponen sus necesidades a las de los demás, para evitar sentirse superiores a los otros. Esperan que los demás pidan ayuda y preguntan a la otra persona qué es lo que quieren, nunca suponen o adivinan lo que la persona que pide ayuda necesita. Si deciden decir “No” a la petición de ayuda no se sienten culpables. Si deciden ayudar nunca hacen más de lo que les toca.

El papel Vulnerable y Responsable también es distinto al de Víctima. Acey Choy (1990) describe el rol de persona vulnerable como la antítesis del rol de Víctima, ya que todos los seres humanos nos damos cuenta de que somos vulnerables y podemos tener problemas y sufrir por ellos, pero a diferencia de la Víctima nos hacemos responsables de solucionar nuestros problemas desde una postura adulta.

El papel Asertivo se diferencia del rol de Perseguidor en que este último busca castigar a los demás o cubrir sus necesidades pasando por encima de los otros, por el contrario la persona con autoridad interna (asertiva) invierte su energía para satisfacer sus necesidades  haciendo respetar sus derechos, sin castigar ni perseguir a los otros. Es una persona asertiva que se autoafirma ante los demás sin necesidad de sentirse superior. La negociación es su medio para resolver los conflictos con los demás.

El darse cuenta es fundamental para interrumpir el juego, una vez iniciado, ya sea por el usuario o por el mismo profesional.

¿Has notado algún papel parecido alguna vez en tu familia o tu entorno (amigos, grupo, etc)?

**Lecturas recomendadas:

LOS GUIONES QUE VIVIMOS. C. Steiner. Editorial Kairós, 1992.

http://lluiscamino.com/sites/default/files/Triangulo_Dramatico.pdf

La Familia (desde la Terapia Sistémica)

La terapia de tipo sistémico ha estudiado el ciclo vital de la familia, lo cual me ha parecido muy interesante para reflejar en mi blog. En cada una de las fases se produce una crisis de carácter evolutivo y la familia se enfrenta a un TAREA que debe resolver, por eso las citaré en cada etapa. Los autores a los que vamos a seguir son Carter y McGoldrick:

Independencia del joven adulto:

La tarea principal a la que se enfrentan es la autonomía a nivel práctico y emocional y la reconciliación con la familia de origen. Hay que buscar el equilibro entre lograr la independencia y mantener el contacto con ellos. Implica formarse objetivos propios, encontrar trabajo, ser autónomo, relacionarse con una pareja de igual a igual (si se tiene pareja), plantear una familia. El problema habitual que surge es aceptar el cambio de relación con los padres y relacionarse de igual a igual.

Formación de pareja:

Supone la unión de dos personas que viene de sistemas familiares diferentes. La tarea principal es el compromiso con el nuevo sistema que se forma, establecer límites con el exterior y velar por el buen funcionamiento de la pareja. La dificultad principal suele ser establecer esos límites con la familia de origen. Pueden existir unas fronteras pobres que fomentan la intrusión, o demasiado fuertes que llevan al aislamiento y pérdida de apoyos.

Familias con hijos pequeños:

Una tarea básica que surge es mantener un espacio íntimo a la vez que se hacen frente a las funciones de cuidado de los hijos. Existen nuevas tareas domésticas, de cuidado, de crianza, que deben repartirse. El afecto y el control deben ir ajustándose según la edad de los hijos. Un gran problema en esta etapa son la asunción de los roles tradicionales de género (el hombre hace de proveedor y la mujer renuncia a su carrera profesional para ocuparse de la casa). Estos problemas pueden manifestarse en la sexualidad o en forma de depresión. El otro gran problema suele ser el vínculo afectivo con los hijos, bien por caer en la sobreprotección como en la excesiva distancia. Nuevos hijos supondrán nuevas reorganizaciones y la aparición del subsistema de los hermanos y el manejo de la rivalidad y la cooperación.

Familia con hijos adolescentes:

La familia pasa de tener una función de protección a una función de preparación para las responsabilidades del mundo adulto. La tarea fundamental es flexibilizar los límites para permitir al adolescente explorar y experimentar pudiendo regresar a por apoyo cuando no pueda afrontar algo solo. Pueden aparecer problemas asociados como la crisis de la “mediana edad” en los padres o el cuidado de sus propios progenitores. El problema más habitual en esta etapa, es que el adolescente se vuelva dependiente y no llegue a seguir su propio camino de autonomía. Para los padres puede ser difícil aceptar su autonomía y eventual marcha y dificultar este proceso.

Independencia de los hijos:

Es una etapa de reencuentro con la pareja y de retomar proyectos abandonados al no tener tiempo durante la crianza. También es una etapa de pérdida de función parental y de cuidado de sus progenitores. Los problemas más habituales tienen que ver con relaciones de pareja conflictivas que intentan retener al último hijo para no reencontrarse como pareja, o el “nido vacío” que se refiere a la depresión que se manifiesta especialmente en las mujeres cuando han volcado toda su energía en criar a sus hijos y pierden esa función y sentido.

Familia en la tercera edad:

Esta fase empieza tras la jubilación e implica numerosos duelos: familia, amigos, trabajo, salud, etc. En esta etapa la energía se vuelca en mantener el funcionamiento personal y de pareja y valorar lo logrado a lo largo de la vida. A medida que la calidad de vida mejora, también puede ser una etapa de explorar y experimentar.

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¿Cómo sobrevivir como pareja tras el nacimiento de un hijo?

Hace poco una compañera y yo planteamos un taller referido a cómo afecta el nacimiento de un hijo a la relación de pareja. Lo llamamos algo así como “la Cigüeña se llevó a mi pareja”. Cuando acude a mi consulta una pareja con problemas para hacer terapia, he notado que aparecen unas temáticas comunes en muchas ocasiones. Normalmente son parejas que cuentan con uno o dos hijos pequeños (he tenido desde parejas con hijos de meses de vida hasta 7 o más). Es cierto que es muy común que aparezcan problemas tras el nacimiento de un hijo, etapa en la que todo se trastoca y cambia la vida de la pareja. Las problemáticas que más me encuentro en la terapia de pareja son las siguientes:

-Discusiones por diferencias en las pautas educativas del niño o niña. Por ejemplo, uno es más perfeccionista, uno de los dos es más estricto en determinadas áreas…

-Falta de momentos únicos para la pareja o actividades conjuntas. Tradicionalmente esto se le ha achacado más a la mujer pero yo he notado que muchas veces el hombre también decide dejar de hacer cosas con su cónyuge.

-Uno de los dos se impone la privación casi total de vida social fuera de la maternidad/paternidad, lo cual hace que ésta se viva con presión.

-Uno de los dos se encuentra muy vinculado al hijo (a priori normal) y el otro miembro siente que se queda al margen.

-Los momentos de falta de sueño, estrés, crispación y falta de ocio y de tiempo libre pueden hacer que las discusiones se incrementen. También suele pasar que uno de ellos ve como menos ventajosa su situación respecto al otro (yo hago más que tú, tú sales más que yo, tú situación es mejor que la mía).

-Falta de medidas de conciliación laborales adecuadas y decremento de recursos económicos. En algunos casos el no poder dedicar suficiente tiempo al niño a causa del trabajo hace que aparezca sentimiento de culpa y estrés.

-La familia de uno de los miembros opina o se entromete en la educación y crianza del hijo, lo cual hace que la otra parte se sienta herida. Muchas veces parece que se establecen competiciones por ver a quién quiere más el niño o tiene lugar una especie de lucha de poder entre suegros-nuera o suegros-yerno. No tengo un porcentaje aproximado en cuanto a casos, pero sí indicaros que éste suele ser un conflicto que me encuentro frecuentemente tras un nacimiento. El más habitual que yo he visto es el de suegros-nuera, aunque en bastantes ocasiones también aparece el conflicto con el yerno.

-En ocasiones, falta de conocimientos (tradicionalmente asociado a los hombres) respecto a la evolución de los niños, psicología evolutiva, educación, pautas, cuidados, etc. Este desequilibrio de conocimientos hace que surjan problemas o desacuerdos.

-Sentimiento de culpabilidad debido a las dudas en la crianza (¿lo estaremos haciendo bien?). Estas dudas pueden hacer surgir el estrés y los conflictos.

¿Es reversible esta situación? ¿Qué podemos hacer?

-Ver la situación como algo pasajero y normalizar.

-Ver la relación como una versión mejorada de la anterior.

-Ver la relación de pareja como algo variable y flexible y no estático, con sus idas y venidas, sus horas altas y sus horas bajas (realmente es así). Compórtate como el bambú, que tiene gran fortaleza, pero sabe plegarse sin romperse ante el viento y otras adversidades.

-Ver esta etapa como un tiempo de alto rendimiento, como quién se prepara para una competición.

-No dejarse llevar por los roles tradicionales que se asignan al padre o la madre.

-No prestar atención al qué dirán los otros. La intuición de los padres suele funcionar a la hora de criar a un niño.

-Poner límites a la familia, lo más útil es que vengan, en primer lugar, del hijo o hija en cuestión y que sean negociados por los miembros de la pareja. Si no funciona, se puede plantear una conversación con ellos. En estas situaciones creo que es conveniente recordar el refrán: “más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo” (indica que es preferible afrontar una situación difícil que se reproduce continuamente por callar).

-Aunque a veces es muy difícil, pedir ayuda si nos vemos desbordados. Delegar.

-Prestar atención a lo que el otro hace bien. Yo lo llamo Radar Positivo. Se trata de anotar individualmente y en secreto durante un tiempo determinado una de las cosas que el otro hace bien durante el día. Tras el tiempo fijado (15 días, un mes…) se pone en común. Pueden ser cosas pequeñas: un beso de buenas noches, fregar un vaso, un mensaje bonito…

-Hablar mucho de lo que nos está pasando pero no tratar de ser “el salvador” y tratar de solucionarlo todo. A veces se trata más de escuchar activamente y acompañar al otro sin opinar. No nos suele atraer el escuchar sentimientos desagradables pero haciéndolo impedimos que se conviertan en algo peor.

-Habla con otros padres y madres de lo que está ocurriendo: te sentirás más comprendido.

-Salid por separado o juntos de vez en cuando.

-Recuerda los buenos momentos con tu pareja.

-De esos buenos momentos selecciona e intenta hacer todos los días un pequeño o pequeñísimo acto de los que efectuábamos antes. La terapia breve diría: “cumplir una gran tarea mediante pequeños actos”.

-Ofrecernos un pequeño intervalo de tiempo para estar solos o hacer algo que nos agrade, aunque eso sea descansar o darnos un baño.

-Emplead todas las pautas de asertividad que hemos visto en diversas entradas de este blog (ver las dos categorías: terapia de pareja y asertividad). Se trata de aprender asertividad, en definitiva, lo cual es muy extenso para el tema que nos ocupa en este post.

-Solicitad ayuda profesional si notáis que fallan las estrategias anteriores e iniciad terapia de pareja. Mi experiencia con pacientes es que su frecuencia es bastante más dilatada que la individual, no se alarga excesivamente en el tiempo y suele causar unos buenos resultados.

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