La Prueba del Vecino

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El especialista en educación emocional Maurice J. Elías pide a los padres que acuden a sus talleres que hagan esta prueba. Imaginen que todos en casa se están peleando: rencillas, gritos, exabruptos, reproches, prisas y tensión invaden la casa. Alguien llama a la puerta. Es el vecino. Cuando entra en casa, todos se calman de repente. Nada es demasiado bueno para el vecino: los miembros de la familia son de repente increíblemente civilizados y atentos. Todos están encantados y se lo pasan bien.
Cuando el vecino se marcha pueden ocurrir dos cosas: que todos empiecen de nuevo a pelearse o que cada cual retome sus actividades sin más. Y Elías pregunta a los padres: «¿Por qué necesitamos que un vecino nos obligue a ejercer el autocontrol que todos llevamos dentro? Los adultos necesitan aprender a comportarse con inteligencia emocional sin que nada les fuerce a ello. Así que recomiendo a los padres que hagan la prueba del vecino. Es muy sencilla: ¿es usted capaz de comportarse con sus hijos y su pareja durante un día entero como si un vecino lo estuviese escuchando todo el tiempo? ¿No decir nada a su hijo o pareja que el vecino no pudiese escuchar? Muchos padres me confiesan que les resulta muy difícil. Y yo les digo que cuando consigan hacerlo durante todo un día, tienen que intentar hacerlo durante un día todas las semanas. Las personas necesitan este día semanal para encontrar de nuevo su equilibrio emocional, para que les hablemos de forma más respetuosa y cariñosa, sin esos pequeños insultos y palabras de desaliento que utilizamos a diario. Nuestros hijos tendrán entonces la prueba de que sí, «mis padres me quieren. Piensan que en el fondo, soy lo que debería ser. No sólo ocurre cuando viene el vecino, me lo dicen todas las semanas». Las familias lo necesitan para tener un clima emocional más inteligente y equilibrado».
El niño pequeño tiene la necesidad de pertenecer a su familia y de formar parte de su entorno. Quiere cooperar y participar, sentirse parte de su núcleo familiar y social. Esta tendencia innata lo hace imitar y creer ciegamente en el adulto. El mecanismo emocional en cualquier hogar es meridiano: el hijo nace y su necesidad absoluta es recabar el amor de sus padres. Es probable que sus padres lo quieran, pero tal vez tengan unos patrones emocionales determinados que consciente o inconscientemente impondrán a su hijo. «Para que te quiera de verdad —le dirán una y otra vez aunque sea de forma silenciosa— debes comportarte de esta manera». El hijo hará lo imposible por cumplir las demandas de sus padres. Si los padres, en cambio, en aras de la libertad del hijo, se tornan tan permisivos que no son capaces de ejercer sus funciones de forma adecuada, el hijo tampoco saldrá ganando. No aprenderá a reconocer y a gestionar sus impulsos y sus emociones; tendrá tantas opciones, en un ambiente tan permisivo, que no llegará a entender qué le gusta de verdad, cuáles son sus deseos y en qué situaciones debe aprender a controlarse. No aprenderá a responsabilizarse de sí mismo y culpará a los demás de sus fallos. Un niño así, sin un sentido claro de quién es, porque no le han permitido desarrollarlo, será tan infeliz y tan emocionalmente inepto como el niño al que los padres han dirigido hasta despojarlo de su verdadera personalidad.
En el conocimiento de nuestros miedos y patrones emocionales inconscientes está la clave de nuestra libertad y de la de nuestros hijos.

**Extraído de Elsa Punset: Brújula para navegantes emocionales.

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Actitudes Generales con nuestros hijos

Hay algunas actitudes generales a tener en cuenta a la hora de educar a un niño para la asertividad. Por supuesto, son normas que no solamente tienen cabida para el tema de la asertividad, sino que cumplen numerosas otras funciones educativas, sobre todo, la de desarrollar la autoestima. Incluso pueden sonar a perogrullo, pero hemos preferido exponerlas antes que pasarlas por alto.

Regla nº 1: ¡Cuidado con las proyecciones!

Muchas veces, tendemos a proyectar nuestros propios temores y experiencias negativas en nuestros hijos. El padre del que se han burlado mucho de pequeño, tenderá a querer “proteger” a su hijo de esta experiencia, insistiéndole en la desconfianza hacia los demás e intentando que se anticipe a los “ataques” de los otros, atacando él antes.

No siempre expresará todo esto con palabras, pero basta que el niño vea en su padre esta actitud o que se fije en pequeños comentarios del padre para que llegue a la conclusión: “parece que el mundo es peligroso. Tendré que ir con mucho cuidado”.

La madre que está continuamente pendiente de lo que piensen los demás de ella, que tras haber estado su hija en casa de unos amigos le acribilla a preguntas sobre su comportamiento, sobre si se portó bien para que los otros se hayan llevado una buena opinión de la niña, está proyectando su temor en ésta y logrará pronto que la hija esté igualmente pendiente de lo que los demás opinen de ella.

Es difícil, pero hay que intentar de todas las formas que el hijo o alumno no se vea

“predestinado” a cumplir las expectativas que tienen sus padres respecto a él, a curar sus frustraciones o a cumplir sus esperanzas.

“Por supuesto que todo educador que lea esto, pensará: “pero yo quiero lo mejor para el niño” y la actitud que proponemos, que es la de aceptar al niño con sus ideas actitudes dejarle tener las experiencias a él es igualmente sabida como difícil de realizar. Nuestra propuesta es: analizar las propias ideas y temores y reflexionar si hay alguna que pueda ser “irracional”, fruto de alguna experiencia dolorosa que el niño no tiene por qué pasar.

Esa idea es la que no tenemos derecho a intentar “colar” al niño sin que él nos lo haya pedido ni sus experiencias nos lo hayan hecho necesario transmitir. Sí podemos, por supuesto, darle consejos o contarle nuestras experiencias, pero nunca de forma categórica ni estableciendo reglas ( “todo el mundo es así”, “nadie te va a ayudar”, “no te fíes de nadie”, etc.)

Regla no 2: No confundir un error puntual con una característica de la personalidad.

 

Un método muy poderoso para no permitir que se desarrolle la autoestima es tachar al niño de “malo”, “vago” o “desobediente” cuando ha hecho algo mal. En este caso, se está confundiendo una cosa puntual con toda la personalidad del niño. Aunque el adulto tenga claro que un niño no es “malo”, estrictamente hablando, por el hecho de haber pegado a un compañero, el propio niño no lo tiene tan claro. Si oye una y otra vez “eres malo” ante cada acto agresivo que cometa, llegará a la conclusión de que él es, efectivamente, una mala persona y, sobre todo, que no tiene remedio. Una persona que desde siempre piense que “es mala” no podrá desarrollar una sana autoestima, porque está convencida de que eso es inamovible y de que no hay nada que hacer con él.

Todos sus actos estarán marcados por el hecho de “ser malo”. Sabiendo que todos los niños quieren, en el fondo, ser “buenos” ¿qué hará el niño al que se le ha hecho sentir que es intrínsecamente malo? Tiene varias opciones, pero ninguna encaminada a desarrollar una autoestima sana ni, por supuesto, una conducta asertiva correcta.

Lo mismo ocurre con un niño que una y otra vez oye que es “cobarde” o “tonto”. Es muy diferente decirle “hoy no te has defendido bien cuando aquél niño se burló de ti” que

“eres un tonto. Todo el mundo te toma el pelo”. Seguramente, además, este niño comenzará pronto a actuar según le están diciendo que es, y de forma cada vez más sistemática.

Lejos de enseñarle conductas concretas que podría modificar, se le seguirá tachando de “tonto”, entrando así en un círculo vicioso del que es difícil salir y que al niño no le aporta ningún beneficio.

Regla no 3: Asegurarse de que las expectativas que se tienen respecto al niño son razonables y adecuadas a su nivel y edad.

 

Un niño no es igual de asertivo a los 5 que a los 9 años, lo mismo que tampoco es igual de sociable o de creativo. A cada nivel madurativo le corresponden unas pautas de conducta que, antes o después, estarían desfasadas.

El problema que tienen muchos niños es que se les exigen cosas para las que todavía no están preparados. Así, a veces, se piden ciertas “responsabilidades” cuando el niño todavía no es lo suficientemente maduro como para captar la situación en su totalidad.

Pedirle a un niño de 10 años que estudie porque es bueno para su futuro seguramente no servirá más que para que odie la asignatura. Todavía no se da cuenta de la importancia del estudio y habrá que encontrar otros elementos que le motiven a estudiar.

Lo mismo ocurre con la asertividad: muchas veces se espera que un niño pequeño reaccione de forma mucho más “valiente” ante ataques y regañinas de lo que todavía es capaz. Estas expectativas se traducen luego en grandes regañinas si el niño no se ha comportado como “debería”. Un ejemplo son los niños “llorones”, (hablamos de un margen de edad entre los 5 y los 8 años) que ante un ataque o una situación que les ponga inseguros rompen a llorar o se refugian en el adulto que más confianza les dé. Si a este niño se le tacha de “cobarde”, se le recuerda que debe de sentir “vergüenza” ante los demás o se le regaña porque debería de haberse enfrentado a la situación, no se hace más que agravar el problema: el niño tendrá cada vez más ansiedad porque nadie le está explicando realmente cuál es la conducta adecuada y, además, no se le deja tiempo para que pueda experimentar otras conductas. Hemos visto en consulta muchos niños completamente aterrorizados ante lo que puedan decirles sus padres después de haber “vuelto a llorar en el cole”.

Otro ejemplo sería la tendencia, por suerte cada vez menos extendida, de no permitir que un niño (varón) llore o se muestre débil, ya que “los hombres no lloran”.

Para este tema no se pueden establecer reglas generales: no hay una edad en la que el niño ya no “debería” de ser cobarde o débil. Cada niño madura a su ritmo y en su momento y tenemos que permitir que nuestro hijo o alumno se tome el tiempo que él necesita para aprender a ser asertivo. Por supuesto que podemos ayudarle, y de eso trata el capítulo siguiente, pero de ninguna forma coartarle en su desarrollo a base de meterle miedo o someterle a presión.

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Las neuronas espejo

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¿Alguna vez te ha entrado sed al ver beber a otra persona?

¿O has salivado viendo a alguien comer delante de ti?

¿Has bostezado viendo a otra persona bostezar?

Las investigaciones sugieren que esto tiene lugar debido a la función de unas neuronas denominadas “espejo”.

Esta función se descubrió en la década de los 90, cuando unos neurocientíficos descubrieron que se activaba el  mismo conjunto de neuronas en un macaco, tanto cuando éste se comía un cacahuete, como cuando vio a uno de los investigadores comerse un cacahuete delante de él. Descubrieron que tanto cuando el mono presenciaba una acción, como si la llevaba a cabo él, se activaba el mismo conjunto de neuronas.

Las neuronas espejo estarían en la base de aspectos muy importantes del comportamiento social, psicológico y en la educación de los humanos, por ejemplo:

-La empatía.

-La visión de la mente.

-La teoría de la mente.

Las neuronas espejo responden solamente a una acción intencionada, previsible o con un propósito. No responden, por ejemplo, cuando alguien mueve una mano sin motivo, pero sí cuando alguien levanta una mano con un vaso para beber de él. Observamos una acción, entendemos su propósito y nos preparamos para imitarla. Por tanto estarían también en la base de:

-El aprendizaje por observación.

-El aprendizaje vicario o por imitación.

A un nivel más complejo, estas neuronas nos ayudan a entender nuestra cultura, cómo determinadas conductas compartidas nos unen, hijos a padres, amigos, cónyuges…

Como sabemos, no sólo podemos imitar las intenciones conductuales de los otros, sino también sus estados emocionales. No sólo percibimos una conducta que va a llevarse a cabo, sino la emoción que subyace de esa conducta. Esto está en la base del llamado:

-Contagio Emocional.

¿Si llegamos a un grupo que está riéndose has notado que, al acercarnos, probablemente sonreiremos también? ¿Has notado que si estás nervioso o estresado tus hijos también lo están? Absorbemos los estado internos de los demás. El cerebro es un órgano social y está construido para la visión de la mente. Estamos “programados” para relacionarnos e influirnos los unos a los otros.

**Libro recomendado: El cerebro del niño. Danie J. Siegel y Tina Payne Bryson. Ed: Alba.

Más información en: http://eprints.ucm.es/9972/1/Revista_Psicologia_y_Educacion.pdf

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Atención plena para niños y adolescentes

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Hemos hablado en este blog sobre ejercicios para trabajar la atención plena o de Mindfulness. En nuestra consulta hemos planteado algún taller dirigido a padres y a niños y adolescentes, para poder trabajar la atención, la concentración y la relajación en ellos mediante esta práctica. Los que habéis ejercitado con ella en alguna ocasión ya conocéis los beneficios que tiene la práctica continuada de Mindfulness, pero ¿qué puede aportar a los niños y adolecentes?

  • Favorece el aprendizaje y fomenta el rendimiento.
  • Refuerza la atención y concentración.
  • Reduce la ansiedad ante evaluaciones y exámenes.
  • Produce bienestar en general.
  • Ayuda en las relaciones sociales y vínculos sanos.
  • Mejora el autoconocimiento, el aprendizaje social y emocional.
  • Ofrece herramientas de control del estrés.
  • Mejora el control de impulsos.
  • Fomenta el autocontrol, autososiego y autorreflexión.

Os dejo ahora una técnica que podéis utilizar con vuestros hijos o alumnos y que tiene que ver con la atención plena. He elegido esta porque me parece muy completa. Se llama Dibujar La Mente.

PRIMERA PARTE: ESTADO MENTAL ACTUAL.

-Les decimos a los niños o niño que se sienten en silencio y dejamos pasar 30 segundos.

-Les preguntamos: ¿hay pensamientos, sentimientos o emociones? ¿Ninguno, alguno, muchos? ¿Se mantienen constantes o cambian?

-Les damos un folio o se lo podemos dar previamente y les decimos: “dibuja en el tercio derecho de tu papel una imagen de tu estado mental actual”. Dejamos pasar un minuto.

-Les decimos que vuelvan a quedarse sentados, en silencio.

-Les indicamos que plieguen hacia abajo el tercio izquierdo del papel (con el dibujo), de modo que queden cara arriba, cubriéndolo, las dos columnas.

SEGUNDA PARTE: EN SILENCIO DESPUES DEL SONIDO.

-Hacemos sonar una nota con un instrumento: guitarra, piano, percusión, triángulo, campanilla,  etc. En meditación se suelen usar unos crótalos. Les decimos que escuchen el sonido hasta que se difumine en el aire. Si no es posible tener un instrumento a mano, en Internet hay tonos o mp3 que se pueden descargar con sonidos de campanilla o crótalos.

-Les animamos a que adviertan qué está pasando por su mente ahora.

-Les decimos: “dibuja en el tercio central del papel una imagen de tu estado mental”. Dejamos un minuto.

-Les decimos que vuelvan a quedarse sentados, en silencio.

-Les indicamos que plieguen hacia abajo el tercio central del papel (con el dibujo), de modo que queden ahora dos columnas hacia abajo, quedando visible, hacia arriba, una sección en blanco.

TERCERA PARTE: SILENCIO Y RESPIRACIÓN CON ATENCIÓN PLENA.

-Hacemos sonar la misma nota o sonido. Les decimos que escuchen el sonido hasta que se difumine en el aire.

-Les indicamos: “traslada tu atención a la respiración”.

-“Respira con normalidad, prestando atención a la sensación del aire al llenarte los pulmones y al volver a subir y salir de nuevo por donde entró”.

-“Date cuenta cuándo pierdes la consciencia de la respiración y empiezas a pensar en otra cosa, a soñar despierto, a preocuparte por algo, a quedarte dormido…”.

-“Dirige entonces tu atención de nuevo a tu respiración”.

-“Advierte lo que está pasando por tu mente ahora”.

-Les pedimos que dibujen en el tercio derecho del papel una imagen del estado mental actual y dejamos un minuto.

-Reproducimos el sonido o la nota y solicitamos que lleven la atención de nuevo y lentamente al sitio donde están (habitación, casa, aula).

-Les pedimos que desplieguen el papel para que queden visibles los dibujos de las tres secciones.

Por último, sería interesante, iniciar un breve debate sobre los tres dibujos, analizarlos, compararlos con otros niños (si ha hecho el ejercicio en grupo), sacar alguna conclusión, ver las diferencias entre los tres, etc.

Para los que quieran ampliar información sobre Mindfulness para niños y adolescentes, me permito recomendarles dos lecturas y, además, pueden consultarnos personalmente a través del formulario o del correo o teléfono.

**Para profesores o educadores recomiendo: Schoeberlein, Deborah. “Mindfulness para enseñar y aprender. Estrategias prácticas para maestros y educadores”. Madrid: Ed. Neo Person.

**Para padres interesados en el tema: Snel, Eline. “Tranquilos y atentos como una rana”. Madrid: Ed. Kairós.

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Pequeña historia sobre la asertividad

«Cuenta el columnista Sydney Harris que, en cierta ocasión, acompañaba a comprar el
periódico a un amigo suyo, quien saludó con cortesía al dueño del quiosco. Éste le respondió con brusquedad y desconsideración. El amigo de Harris, mientras recogía el periódico que el otro había arrojado hacia él de mala manera, sonrió y le deseó al vendedor un buen fin de semana. Cuando los amigos reemprendieron el camino, el columnista le preguntó:

– ¿Te trata siempre con tanta descortesía?
– Sí, por desgracia.
– ¿Y tú siempre te muestras igual de amable?
– Sí, así es.
– ¿Y por qué eres tan amable cuando él es tan antipático contigo?
– Porque no quiero que sea él quien decida cómo debo actuar yo.

La persona plenamente humana es aquella que consigue ser ella misma. Es un actor de su propia vida, no un re-actor ante lo que dicen o hacen los demás. Actúa por sus propias convicciones, no por reacción a como actúan con él los demás».

**Libro recomendado: Educar las emociones. man-81833_640

Educar a los niños para ser asertivos

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El tema de la asertividad está bastante extendido en el campo de la psicología y de la terapia. El tratamiento de la misma suele realizarse en terapia a posteriori, es decir, el profesional intenta corregir y guiar al cliente para conseguir que sea más asertivo en su vida, debido a que el no serlo le ha traído algunos problemas. No siempre los padres consiguen que sus hijos sean personas asertivas y esto puede desencadenar problemas en su vida adulta y durante la adolescencia. Si educáramos para la asertividad, probablemente, nos ahorraríamos algunos disgustos posteriormente y sobre todo trabajaríamos de forma positiva sobre su autoestima.

Pero ¿cómo conseguir que nuestros hijos sean asertivos? ¿Cómo educar para la asertividad?

Primero y obvio, es necesario fomentar el contacto social de nuestros hijos para que puedan aprender a relacionarse: salidas, excursiones, invitar amigos a casa, ir a casa de sus amigos, relacionarse con iguales, con niños más pequeños, con adultos, etc.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la asertividad se aprende, no es una habilidad innata, por lo que su aprendizaje se instaura con la práctica repetida. Ni que decir tiene, la importancia del archiconocido REFUERZO POSITIVO, en los casos en los que el niño se comporte adecuada y asertivamente, y el modelo de asertividad que reciba de nosotros (predicar con el ejemplo). Por otro lado, es conveniente ignorar sistemáticamente las reacciones agresivas o no asertivas de una forma descarada (debe darse cuenta de que no nos interesan ese tipo de comportamientos).

Un primer paso, es escuchar activamente al niño ante un problema que le preocupe, esto le hará confiar en nosotros. Poner los cinco sentidos en él cuando nos está contando algo que le angustia o preocupa.

Es interesante tratar el tema “derechos” con el niño, de esta forma aprende la existencia de unos derechos que hay que respetar y que, a la vez, deben respetarse los de él:

-“lo que le han dicho a tu amigo es injusto, porque él tenía derecho a decir lo que pensaba”.

-“este señor de la tele está pisando el derecho del otro a expresar lo que quiere”.

-“tu hermana tiene derecho a hablar, es su turno. Luego hablarás tú”.

-etc.

Darle al niño la oportunidad  de demostrar sus capacidades:

-hacerle partícipe en discusiones.

-enseñarle mediante refuerzos a conversar correctamente.

-cuando veamos que tiende a evitar pequeñas situaciones que sabemos que puede afrontar, ayudarle a hacerlo.

-etc.

Evitar el lenguaje negativo: “no deberías haber hecho esto”, “otra vez…”, “siempre haces…”. El lenguaje positivo, sin embargo, se fija en lo adecuado de una situación: “la próxima vez hazlo mejor”.

Para enseñar asertividad NO debemos emplear los siguientes tipos de frases:

-“pues si Pedro se ha reído de ti, le pegas un corte y ya está”.

-“tú no te dejes achantar. Si te pegan, devuélvesela”.

-“deja ya de pegar a tu hermano. Tienes que aprender a conversar con él”.

Ante una situación conflictiva con otro u otros niños u adultos, una intervención en casa debería incluir lo siguiente:

-Primero, escucharle, valorar su problema como algo a tomar en serio (pero sin angustia) y encaminarle hacia el afrontamiento. Repasar con él sus derechos, traduciéndolos a un lenguaje que entienda y sea cercano, por medio de ejemplos propios de su edad.

-Definir con él y clarificar qué quiere cambiar.

-Ensayar, como en una obra de teatro, la situación conflictiva. El padre o la madre puede hacer de persona problemática y el niño de él mismo. Analizar lo incorrecto de la conducta del niño y sugerir y ensayar alternativas de conducta, por ejemplo: no huir ni llorar ni mostrar miedo, pero tampoco intentar enfrentarse a esa persona. Pedirle firmemente que le deje en paz. No llorar, utilizando la respiración; no refugiarse en la profesora, sino intentar resolver los problemas por sí solo, etc.

-Es bueno contarle la historia de una persona que pasó por lo mismo, incluso ésta puede ser de carácter personal: “a mí me pasaba algo parecido con un chico mayor que siempre me perseguía. No sabía cómo quitármelo de encima y lo pasaba fatal. Hasta que un día decidí…”, etc.

Si presenciamos una conducta no asertiva en nuestro hijo, una fórmula posible puede ser la siguiente:

-1º Descripción de la conducta: “he visto cómo se burlaban de ti y tú llorabas y te ibas corriendo” o “has pegado a Carlitos hasta hacerle llorar”.

-2º Una razón para el cambio: “así se están creyendo que valen más que tú y continuarán riéndose de ti “o “Carlitos es más débil que tú y no se puede defender”.

-3º Reconocimiento de los sentimientos del niño: “debes de sentirte fatal cuando te ocurre esto” o “ya sé que quieres que los demás vean que eres muy fuerte”.

4º Una formulación clara de lo que se espera del niño: “¿Recuerdas lo que ensayábamos en casa? ¿Porqué no pasas delante de Iván y, si se mete contigo, continúas como si tal cosa?”. “¿Por qué no demuestras tu fortaleza jugando al fútbol?”

5º No rechazar al niño, no generalizar (“siempre estás igual”), no insultar.  Evitar, asimismo, los silencios y las manifestaciones despreciativas, las amenazas vagas o las violentas.

Conclusión

Cuando un niño nos haya relatado su preocupación podemos iniciar una especie de “trabajo de equipo” con él, SIGUIENDO LAS PAUTAS ANTERIORES. Debemos creernos que hay solución (porque en realidad la hay). Si dudamos o estamos muy angustiados, el niño lo captará enseguida, también si tenemos mucha prisa en que mejore y nos desesperamos si va demasiado lento para nuestro entender. Si se da alguno de estos casos, es mejor que el niño acuda a un profesional (psicólogo), que evaluará y tratará el problema de forma mucho más objetiva y racional. Por otro lado, el niño tiene que tener muy claro que no va a existir un cambio radical en los primeros intentos. Hay que reforzar, más bien, el intento de superación, más que el éxito en la conducta, ya que éste puede tardar en aparecer. Es por ello relevante, hacerle sentir bien consigo mismo incluso en situaciones no del todo positivas, sacando algo agradable de ellas, para que no abandone el aprendizaje y vuelva a enfrentarse a la experiencia.

 

 

 

Educación Positiva

Caso verídico: hace poco tiempo la madre de un niño en la pubertad, con algunos problemas de rendimiento escolar, me preguntó: “Como X no está estudiando lo necesario, he pensado en castigarle todo el fin de semana encerrado en su habitación. ¿Qué te parece?”. De esta situación subyacen varias cuestiones:

-La madre siente desesperación y emociones negativas ante la situación.

-El hecho de salir a la calle es importante para ese niño.

-El niño recibe castigos y broncas por el hecho de no estudiar lo suficiente.

-Parece que los castigos no surten efecto porque X continúa sin estudiar y cada vez son más duros. ¿Podemos ganar algo o sacar algo encerrándole dos días en la habitación?

En este caso, como en la mayoría de las situaciones de la vida, no hay una respuesta correcta, por lo que yo respondí: “¿Por qué no pruebas a limitar o controlar en alguna medida las salidas a la calle y cuando él muestre que está estudiando le premias con un tiempo establecido para salir? Aquí hay que tener en cuenta varias cuestiones:

-Que a un castigo tan duro como el anterior, se le puede dar la vuelta y formularlo en positivo: convertir la salida en un premio ante el hecho de estudiar.

-Que hay que definir bien qué queremos premiar: ¿1 hora de estudio? ¿2 horas de estudio? ¿Que se sepa la lección? ¿Que realice correctamente los ejercicios del tema 1? ¿Que se haya esforzado? Cuando decidamos qué queremos premiar, es necesario comunicárselo al niño.

-¿Cómo lo vamos a premiar? En este mismo ejemplo: ¿lo vamos a premiar con una hora de salida? ¿Con dos?

-Que hay que limitarle en alguna medida las salidas a la calle para que cuando estudie funcionen verdaderamente como un premio. Este niño valora el hecho de salir a la calle con sus amigos, para él es un potente refuerzo.

Este, que no es nada más que un mero ejemplo encontrado en mi consulta, nos muestra que, a la parte de castigo y de imposición, en la relación con los hijos, se le puede dar una vuelta en sentido positivo y tratar de ofrecer otra educación. El hecho de limitar totalmente o castigar duramente suele crear sensación de injusticia y ganas de rebeldía y no estamos fomentando la conducta que queremos instaurar. Por otro lado, debemos ser realistas y conscientes de que es fácil decir todo esto y difícil hacerlo, y más en conductas como el estudio.

Para poder conocer otras pautas de educación positiva podemos consultar el libro Ser Padres de Diego Macià Antón. No obstante, vamos a señalar algunas de forma muy general:

-Algo que es obvio: es necesario poner límites.

-La disciplina positiva es una educación equilibrada entre la permisividad y la restricción excesiva para fomentar la autoestima y la independencia de los niños.

-Valorar y elogiar sus esfuerzos.

-Si tomamos constantemente los adultos las decisiones de nuestros hijos, serán incapaces de decidir por ellos mismos. De forma gradual y a su nivel, pueden ir tomando sus propias decisiones.

-Relacionado con el tema de las decisiones, es importante tener una actitud educativa participativa con él, dejarle participar y decidir a su nivel, que no es lo mismo que adoptar un igualitarismo exagerado ni una permisividad excesiva.

-Fomentar un clima de comunicación, donde se hablen las cosas, y controlar nuestras emociones. Ambas cosas se pueden trabajar y aprender, no nos inamovibles, como muchas personas creen. Si es necesario, se trabajan.

**para más información sobre estas pautas, consultar en Ser Padres. Educar y afrontar los conflictos cotidianos en la infancia. Diego Macià Antón. Ed. Pirámide.

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¿Cómo educas a tu hijo?

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Bastante tiempo atrás realicé un curso orientado a saber tratar con niños denominados “difíciles”, entre ellos los llamados o diagnosticados como hiperactivos. Los docentes nos expusieron qué tipos de educación ponen en marcha los padres y cuáles son las consecuencias de cada uno de ellos, sabiendo que no hay tipos estrictamente puros y estancos. En su momento, me quedé con las características de cada uno de ellos pero, sinceramente, empezaron a preocuparme, en mayor medida, cuando nació mi hijo. Por ello, considero que es importante reflexionar cómo son las estrategias y qué hacemos con los niños, porque puede haber algo que corregir. Podemos tener unos valores educativos determinados de carácter adecuado o positivo, pero poner en marcha unos hábitos diferentes en la vida real, así que debemos tener cuidado con ello.

En primer lugar, hablemos de la EDUCACIÓN SOBREPROTECTORA, muy conocida por todos nosotros, ya que lo que nos sale naturalmente es proteger y cuidar, pero se convierte en problemático cuando se realiza en exceso; eres un padre o madre sobreprotector si tratas de EVITAR todo tipo MALESTAR y SUFRIMIENTO a tus hijos. Te sientes,  muy a menudo, culpable por ellos y responsable de todo lo que les suceda. Piensas “es muy pequeño para…”, “no sabe…”, “no puede…”, “si hace esto sufrirá algún daño…”. Impides, en la mayor parte de los casos, conductas arriesgadas o molestas por parte de los niños y no puedes evitar prestar atención frecuente a esos riesgos. Aunque te cueste reconocerlo, no sueles fomentar demasiado su autonomía ni su iniciativa, que incluso pueden ser castigadas, y tiendes a supervisarlos casi continuamente y a dárselo todo hecho. Como consecuencia, tus hijos podrían desarrollar un bajo concepto de sí mismos,  un proceso deficitario de habilidades, de autonomía e iniciativa. Podrán ser personas que funcionan bajo instrucciones y tener poco interés en resolver por sí mismas sus problemas.

Por otro lado, describiremos la EDUCACIÓN INHIBICIONISTA, que digamos que es un poco lo contrario de lo anterior. Eres un padre o madre que NO PRESTA ATENCIÓN NI GUÍA a los niños en su conducta, sobretodo en el caso de la conducta adecuada. Tampoco encuentran demasiado tu apoyo. Castigas, en ocasiones, los comportamientos inadecuados, en especial cuando son molestos para ti, y no sueles elogiar o animar. Los niños que han recibido este tipo de educación podrían tener un déficit de habilidades o carencia en el aprendizaje de las mismas (autonomía, sociales, etc.). Suelen buscar el apoyo en las figuras de autoridad y sentir ansiedad derivada de inseguridades personales.

Exponemos, a continuación, la EDUCACIÓN PUNITIVA, la cual ha sido siempre muy común en la cultura occidental, aunque considero que cada vez menos. Eres un padre o una madre muy EXIGENTE, con INTOLERANCIA e INCOMPRENSIÓN dirigidas a los niños. Igual no te gusta reconocerlo pero ofreces un estilo desagradecido a los hijos, ya que las conductas positivas “son su deber”, “es lo que tienen que hacer” y te fijas, e incluso castigas, los comportamientos inadecuados, ignorando, normalmente, los adecuados. Prefieres la educación basada en el “debe”, en la “obligación”, en la obediencia, por ello,  te sientes furioso si el niño no hace lo que le dictas, pero satisfecho si obedece. Hablas en términos de “ERES…”: atribuyes al niño las cualidades de su persona (por ejemplo, puedes decir a menudo “eres un desastre” cuando en realidad es desorganizado con las tareas del colegio. O describirle como “eres torpe” si se cae en la calle). Consecuentemente, tus hijos podrán tener unos niveles bajos de autoestima, autoconcepto e iniciativa y buscar, a toda costa, poder evitar el castigo, en vez de orientarse hacia el éxito, justificarán frecuentemente sus acciones, sintiendo rencor hacia vosotros, pudiendo llegar a mentir.

Por último, señalaremos en qué consiste la EDUCACIÓN que yo prefiero llamar EQUILIBRADA, pero que en otros textos se denomina ASERTIVA, aunque más o menos viene a ser muy similar. Eres un padre que NO EVITA a toda costa las EXPERIENCIAS dolorosas del niño, sino sólo aquellas que les pueden causar un daño grave o excesivo, permitiéndoles ensayar clases de comportamientos diferentes. Eres más COMPRENSIVO con el niño y más TOLERANTE, ya que crees que tu hijo puede realizar una conducta u otra (no siempre la que se le dicta) y puede tener sus propias preferencias o apetencias sobre ellas. Sueles fijarte en los aspectos positivos de la conducta de tus hijos, elogiando esfuerzo y logros, pero puedes castigar los comportamientos inaceptables, que pueden causar un daño. Ignoras las imperfecciones y errores y no sueles atribuirle las cualidades de su conducta (recordad el “eres un desastre”). Confías en que tu niño progresará hacia objetivos deseables y deseados y te muestras comprensivo mientras los logran. Es probable que tu hijo, a largo plazo, establezca hábitos apropiados, tenga una buena capacidad de aprendizaje, seguridad en sí mismo, autonomía, iniciativa, orientación al éxito y una autoestima y autoconcepto positivo.

Os invito a realizar unas reflexiones finales:

-Sinceramente, ¿en qué tipo de educación creéis que os situáis vosotros?

-¿Qué educación habéis recibido de vuestros padres?

-¿Cuál pensabais que era la más apropiada, en el pasado o durante otras etapas de vuestra vida?

Seguramente, pensando sobre estos temas podréis mejorar en gran medida como educadores. Probad.