La Prueba del Vecino

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El especialista en educación emocional Maurice J. Elías pide a los padres que acuden a sus talleres que hagan esta prueba. Imaginen que todos en casa se están peleando: rencillas, gritos, exabruptos, reproches, prisas y tensión invaden la casa. Alguien llama a la puerta. Es el vecino. Cuando entra en casa, todos se calman de repente. Nada es demasiado bueno para el vecino: los miembros de la familia son de repente increíblemente civilizados y atentos. Todos están encantados y se lo pasan bien.
Cuando el vecino se marcha pueden ocurrir dos cosas: que todos empiecen de nuevo a pelearse o que cada cual retome sus actividades sin más. Y Elías pregunta a los padres: «¿Por qué necesitamos que un vecino nos obligue a ejercer el autocontrol que todos llevamos dentro? Los adultos necesitan aprender a comportarse con inteligencia emocional sin que nada les fuerce a ello. Así que recomiendo a los padres que hagan la prueba del vecino. Es muy sencilla: ¿es usted capaz de comportarse con sus hijos y su pareja durante un día entero como si un vecino lo estuviese escuchando todo el tiempo? ¿No decir nada a su hijo o pareja que el vecino no pudiese escuchar? Muchos padres me confiesan que les resulta muy difícil. Y yo les digo que cuando consigan hacerlo durante todo un día, tienen que intentar hacerlo durante un día todas las semanas. Las personas necesitan este día semanal para encontrar de nuevo su equilibrio emocional, para que les hablemos de forma más respetuosa y cariñosa, sin esos pequeños insultos y palabras de desaliento que utilizamos a diario. Nuestros hijos tendrán entonces la prueba de que sí, «mis padres me quieren. Piensan que en el fondo, soy lo que debería ser. No sólo ocurre cuando viene el vecino, me lo dicen todas las semanas». Las familias lo necesitan para tener un clima emocional más inteligente y equilibrado».
El niño pequeño tiene la necesidad de pertenecer a su familia y de formar parte de su entorno. Quiere cooperar y participar, sentirse parte de su núcleo familiar y social. Esta tendencia innata lo hace imitar y creer ciegamente en el adulto. El mecanismo emocional en cualquier hogar es meridiano: el hijo nace y su necesidad absoluta es recabar el amor de sus padres. Es probable que sus padres lo quieran, pero tal vez tengan unos patrones emocionales determinados que consciente o inconscientemente impondrán a su hijo. «Para que te quiera de verdad —le dirán una y otra vez aunque sea de forma silenciosa— debes comportarte de esta manera». El hijo hará lo imposible por cumplir las demandas de sus padres. Si los padres, en cambio, en aras de la libertad del hijo, se tornan tan permisivos que no son capaces de ejercer sus funciones de forma adecuada, el hijo tampoco saldrá ganando. No aprenderá a reconocer y a gestionar sus impulsos y sus emociones; tendrá tantas opciones, en un ambiente tan permisivo, que no llegará a entender qué le gusta de verdad, cuáles son sus deseos y en qué situaciones debe aprender a controlarse. No aprenderá a responsabilizarse de sí mismo y culpará a los demás de sus fallos. Un niño así, sin un sentido claro de quién es, porque no le han permitido desarrollarlo, será tan infeliz y tan emocionalmente inepto como el niño al que los padres han dirigido hasta despojarlo de su verdadera personalidad.
En el conocimiento de nuestros miedos y patrones emocionales inconscientes está la clave de nuestra libertad y de la de nuestros hijos.

**Extraído de Elsa Punset: Brújula para navegantes emocionales.

Educación Positiva

Caso verídico: hace poco tiempo la madre de un niño en la pubertad, con algunos problemas de rendimiento escolar, me preguntó: “Como X no está estudiando lo necesario, he pensado en castigarle todo el fin de semana encerrado en su habitación. ¿Qué te parece?”. De esta situación subyacen varias cuestiones:

-La madre siente desesperación y emociones negativas ante la situación.

-El hecho de salir a la calle es importante para ese niño.

-El niño recibe castigos y broncas por el hecho de no estudiar lo suficiente.

-Parece que los castigos no surten efecto porque X continúa sin estudiar y cada vez son más duros. ¿Podemos ganar algo o sacar algo encerrándole dos días en la habitación?

En este caso, como en la mayoría de las situaciones de la vida, no hay una respuesta correcta, por lo que yo respondí: “¿Por qué no pruebas a limitar o controlar en alguna medida las salidas a la calle y cuando él muestre que está estudiando le premias con un tiempo establecido para salir? Aquí hay que tener en cuenta varias cuestiones:

-Que a un castigo tan duro como el anterior, se le puede dar la vuelta y formularlo en positivo: convertir la salida en un premio ante el hecho de estudiar.

-Que hay que definir bien qué queremos premiar: ¿1 hora de estudio? ¿2 horas de estudio? ¿Que se sepa la lección? ¿Que realice correctamente los ejercicios del tema 1? ¿Que se haya esforzado? Cuando decidamos qué queremos premiar, es necesario comunicárselo al niño.

-¿Cómo lo vamos a premiar? En este mismo ejemplo: ¿lo vamos a premiar con una hora de salida? ¿Con dos?

-Que hay que limitarle en alguna medida las salidas a la calle para que cuando estudie funcionen verdaderamente como un premio. Este niño valora el hecho de salir a la calle con sus amigos, para él es un potente refuerzo.

Este, que no es nada más que un mero ejemplo encontrado en mi consulta, nos muestra que, a la parte de castigo y de imposición, en la relación con los hijos, se le puede dar una vuelta en sentido positivo y tratar de ofrecer otra educación. El hecho de limitar totalmente o castigar duramente suele crear sensación de injusticia y ganas de rebeldía y no estamos fomentando la conducta que queremos instaurar. Por otro lado, debemos ser realistas y conscientes de que es fácil decir todo esto y difícil hacerlo, y más en conductas como el estudio.

Para poder conocer otras pautas de educación positiva podemos consultar el libro Ser Padres de Diego Macià Antón. No obstante, vamos a señalar algunas de forma muy general:

-Algo que es obvio: es necesario poner límites.

-La disciplina positiva es una educación equilibrada entre la permisividad y la restricción excesiva para fomentar la autoestima y la independencia de los niños.

-Valorar y elogiar sus esfuerzos.

-Si tomamos constantemente los adultos las decisiones de nuestros hijos, serán incapaces de decidir por ellos mismos. De forma gradual y a su nivel, pueden ir tomando sus propias decisiones.

-Relacionado con el tema de las decisiones, es importante tener una actitud educativa participativa con él, dejarle participar y decidir a su nivel, que no es lo mismo que adoptar un igualitarismo exagerado ni una permisividad excesiva.

-Fomentar un clima de comunicación, donde se hablen las cosas, y controlar nuestras emociones. Ambas cosas se pueden trabajar y aprender, no nos inamovibles, como muchas personas creen. Si es necesario, se trabajan.

**para más información sobre estas pautas, consultar en Ser Padres. Educar y afrontar los conflictos cotidianos en la infancia. Diego Macià Antón. Ed. Pirámide.

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