Causas y factores de riesgo de las recaídas

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Cuando se decide resolver el problema de consumo, puede compararse como el hecho de escalar una montaña, donde la cima o meta por alcanzar es mantener la abstinencia; de manera que se van obteniendo logros y progresos, pero a veces se puede caer en baches “caídas repentinas en el proceso de recuperación”, la forma de reaccionar ante las mismas es vital para la pronta mejoría. De manera que las recaídas se consideran como un tropiezo y nada más, debemos recordar que lo importante es aprender de esos tropiezos y seguir adelante.

La recaída constituye una crisis y retroceso en los intentos de mantener los cambios de conducta; así, cuando se hace referencia a la recaída, se asume que anteriormente existía un periodo de mejoría significativa en la modificación de la conducta (la remisión del consumo de sustancias). A partir de esto, diversos autores han propuesto la utilización de otros términos: “resbalón, caída o desliz”, para designar el episodio inicial de retroceso que se presenta después de un periodo de abstinencia. . Generalmente el resbalón se considera como algo temporal, mientras que la recaída supone un regreso más prolongado a los patrones de consumo previos al tratamiento.

El término recaída no debe concebirse como un evento puntual que se presenta de manera imprevista, sino bajo la noción de proceso, es decir, un conjunto interactivo y sucesivo de señales y eventos que van llevando a una persona a reiniciar el consumo de sustancias, entre ellos podemos mencionar los siguientes:

  1. Acumulación del estrés por cambios negativos o positivos, y acontecimientos vitales.
  2. Activación de pensamientos encubiertos positivos y/o negativos, así como de algunos sentimientos como: confusión, aturdimiento, irritabilidad, depresión, etc.
  3. Reacción intensa o fracaso total en la actuación ante una situación de estrés.
  4. Negar que existen problemas, o fracaso en la utilización de sistemas de soporte y medios de recuperación.
  5. Problemas complicados en forma de “bola de nieve”, se refiere a un problema que surge y al ser ignorado, se complica o van surgiendo otros a la par, hasta que los mismos rebasan las habilidades que la persona tiene para afrontarlos de manera más adecuada.
  6. Sensación de incapacidad de hacer algo ante una situación que se percibe como un punto del cual no es posible escapar.
  7. Colocación en situaciones de alto riesgo o dedicándose a actos sutiles de autosabotaje.
  8. Pérdida de control y aumento de los sentimientos de frustración, desesperación, desesperanza, autocompasión, que desencadenan pensamientos obsesivos sobre el consumo.
  9. Deseos irresistibles y urgentes que llevan a obtener la droga, los cuales tienen un componente neurobiológico, principalmente cuando las personas consumidores han desarrollado considerables niveles de dependencia.

Los precipitadores son estímulos que actúan como señales o detonadores que están condicionados con la ansiedad o deseo por consumir. Las situaciones precipitantes varían enormemente. A veces un solo factor puede actuar como precipitador, en otras se requieren de varios a la vez. Otros precipitadores o factores que “provocan” el deseo de consumir pueden ser:

-Situaciones inesperadas. Por ejemplo, encontrar a un familiar que hacía mucho no lo veía y le invita a festejar el encuentro; en un ambiente que existe el alcohol y la droga, se puede precipitar el deseo de consumirla.

-Situaciones que uno mismo busca. Por ejemplo, entrar a un bar o ir a una fiesta donde se conoce que la gente consume drogas para probar que uno puede permanecer en ese sitio sin consumir.

-Situaciones emocionales. Por ejemplo, después de una discusión o un trabajo pesado, se incrementa la probabilidad de querer consumir, porque el estado de ánimo se percibe afectado.

– Problemas personales. Por ejemplo, tener deudas, sentirse muy ansioso o nervioso, tener una entrevista de empleo o la falta del mismo, no saber qué hacer con su vida.

Con base a los puntos anteriores, el primer paso para superar un resbalón o una recaída, es identificar las razones que propician el mismo. Al tener una clara comprensión del por qué y cuándo se consume, permitirá encontrar la solución a los problemas asociados.

**Extraído de Prevención de Recaídas. Centros de Integración Juvenil .Dirección de Tratamiento y Rehabilitación. Manual de aplicación. Marzo de 2010.

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Depresión, suicidio, desesperanza… ¿Qué riesgo existe?

No descubrimos nada nuevo al decir que existen factores de riesgo a la hora de hablar de suicidio; lo que es indudable es que la conducta suicida se asocia más frecuentemente con el padecimiento de trastornos psiquiátricos y psicológicos, de tal forma que un altísimo porcentaje de los pacientes que intentan suicidarse padecen un trastorno psiquiátrico mayor, principalmente, trastornos de la personalidad, trastornos psicóticos (Roy, 1986), trastornos por abuso de alcohol y otras sustancias adictivas (Roy y Linnoila, 1986) o trastornos del estado del ánimo.

La depresión es un trastorno muy asociado al suicidio. Se considera que el 15-20% de los pacientes con depresión fallecen por esta causa (Sainsbury, 1986; Haas y Clarkin, 1988), presentando un riesgo 25 veces mayor que la población general. Cronológicamente, el riesgo es máximo durante el año posterior al padecimiento del cuadro clínico.

Parecen existir algunos factores que incrementarían el riesgo de suicidio en los pacientes depresivos: en primer lugar, existencia de síntomas psicóticos durante el episodio afectivo; en segundo lugar, el hecho de que el origen etiológico de la depresión sea secundario o se halle estrechamente relacionado con el padecimiento de una enfermedad orgánica, especialmente cuando ésta va acompañada de dolor crónico, es una enfermedad crónica e invalidante, tiene un carácter terminal o ha sido precedida de cirugía reciente.

Algunos estudios correlacionan el riesgo de suicidio con un síntoma concreto de la depresión: el grado de desesperanza respecto al futuro (pérdida completa de la esperanza hacia que las cosas irán bien en el fututo). Los pacientes con alta desesperanza muestran un riesgo elevado (lo puede evaluar un profesional mediante la Escala de Desesperanza de Beck, por ejemplo). El riesgo es mayor si la desesperanza se asocia a agitación, hostilidad, indefensión, ideas de minusvalía, de incapacidad, de culpa y persistencia de la ideación suicida.

Un número importante de pacientes depresivos suicidas presenta historia de intentos y amenazas previas, por lo que, para algunos autores, éste es un factor de riesgo de mayor trascendencia que el propio diagnóstico de depresión, ya que el 20-25% de los suicidas que consumaron el acto habían realizado intentos previos y, cuando existen estos antecedentes, el riesgo parece aumentar entre 5 ó 6 veces con respecto a la población general.

Asimismo, la predisposición familiar a manifestar conductas suicidas está relacionada con los trastornos depresivos, ya que, casi el 80% de los paciente suicidas presentan familiares con antecedentes de diagnósticos de trastornos depresivos.

Parecen existir, por otro lado, marcadores biológicos que pueden indicar el riesgo de suicidio en los pacientes deprimidos. Algunas investigaciones (Asberg y cols., 1976; Van Praag, 1981) señalan una disminución de 5-HIAA en el líquido cefalorraquídeo. Sin embargo, las dificultades técnicas que entrañan estas pruebas hacen que sean poco operativas en la práctica clínica habitual.

En resumen, podemos concluir que existe una estrecha relación entre suicidio y depresión pero no es posible establecer una relación simple causal. Todo estado depresivo puede conducir a la idea o al acto suicida, pero no todo acto suicida es producto de una depresión (Guze y Robins, 1970). El paciente depresivo suicida da numerosos avisos de su intencionalidad suicida y, en este grupo de pacientes, se podría evitar tal acto si se identificase correctamente el diagnóstico de depresión y se realizara una terapia adecuada.

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