¿Crees que tienes alguna obsesión?

Es común que a la consulta del psicólogo llegue de vez en cuando un paciente que se queja de sufrir algún tipo de obsesión. Pueden aparecer aisladamente o ir acompañadas de una conducta externa o encubierta, como sucede en el  TOC, cuyo fin es contrarrestar el pensamiento. Pueden aparecer como un solo pensamiento repetitivo. O puede no ser una obsesión sino una rumiación de pensamientos (lo que solemos llamar “darle vueltas a la cabeza”), que es muy frecuente cuando tenemos un problema sin resolver y en la depresión.

¿Pero cómo reconocer una obsesión patológica? ¿Cómo diferenciarla de la rumiación o de una preocupación? Para explicarlo, he adaptado las características que propone Clark (2004):

-Es intrusiva. Se presenta en forma de pensamiento, imagen o impulso que entra en la conciencia de la persona de forma no deseada ni intencionada.

-Es inaceptable. La intrusión viene asociada a una emoción negativa, que puede ir desde una sensación desagradable hasta un miedo y una ansiedad muy severos.

-Viene acompañada de una resistencia subjetiva; es decir, la persona siente una fuerte necesidad de resistirse, reprimir, expulsar o impedir la obsesión y que ésta vaya a más. Para ello, puede emplear la evitación, la distracción, u otras estrategias de control cognitivo, o los rituales externos.

-Se percibe una falta de control. La persona tiene la sensación subjetiva de no poder manejar los contenidos de la mente y se intenta suprimir la obsesión, lo cual no soluciona el problema: el éxito es temporal y parcial. La obsesión suele volver en un espacio de tiempo determinado.

-Ego-distonicidad: la intrusión puede ser un contenido absurdo, sin sentido, sin asociación con uno mismo pero también pueden ser ideas, imágenes o impulsos que suponen una seria amenaza para los valores fundamentales de la persona y su imagen. Al hilo de lo anterior, en consulta es relativamente frecuente encontrarse con casos de obsesiones totalmente egodistónicas, por ejemplo:

– Mujer que valora mucho la fidelidad y el estar en pareja y que tiene la obsesión de que  no quiere a su novio y que está por estar o podría estar con otro (la obsesión cumple con las características anteriores).

– Madre joven que tiene la obsesión de poder hacer daño a su hijo pequeño y le vienen imágenes aterradoras a la mente de formas en las que ella podría dañar a su hijo.

– Hombre heterosexual que valora mucho su imagen como tal y que se obsesiona con la idea de ser homosexual o con que le puede gustar otro hombre.

En el tratamiento de estas obsesiones u otras, según mi experiencia, el paciente avanza algo sólo con mencionarle que esto le pasa a más gente, que no es un bicho raro, ni malvado, ni se está volviendo loco.  Educarle sobre cómo funciona la mente y las características de las obsesiones suele relajarles bastante, así como explicarles cómo funciona el mecanismo de  las obsesiones. Imagínense una madre que piensa que puede hacer daño a su hijo, lo preocupada y atemorizada que puede llegar a consulta; sólo el hecho de “normalizar” el contenido supone una parte de la recuperación. Es un pensamiento, no una realidad. Por otro lado, en el tratamiento de las obsesiones empleo, entre otras técnicas, la Defusión Cognitiva (ver, a modo de ejemplo, en https://rosaliamv.wordpress.com/2016/01/24/como-me-desengancho-de-ese-pensamiento/).

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Formas en las que tu mente contribuye a tu malestar emocional

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El título de este post es ya bastante claro; ya sabes que tu mente suele crear malestar emocional mediante distintos mecanismos y a través de los pensamientos en forma de lenguaje verbal o imágenes. Simplemente te pido que detectes estos mecanismos si te pillas a ti mismo haciendo algo de esto. El simple hecho de detectarlos marcará una diferencia:

-Estás juzgando una emoción como “buena” o “mala”. Esto ya predispone a luchar en contra de tus sentimientos. Detéctalo y di “esto es un juicio”, “estoy juzgando”.

-Preguntarte “¿por qué me siento así?”. Esto nos invita a buscar una causa pero no nos ayuda a mejorar nuestra vida. Date cuenta.

-“¿Qué he hecho yo para merecer esto?”. Una vez más, esto no te sirve de ayuda para poder mejorar, al contrario. Pensar en estos términos te sirve para echarte la culpa de todo, o victimizarte, o tratar de averiguar por qué el universo intentó castigarte. Acabarás sintiendo que no vales nada o que eres malo, inútil, incompetente… Valora esto.

-“¿Por qué soy así?”. Esta es otra cosa que no te ayuda en lo más mínimo. Puedes buscar en tu historia las razones de ser como eres. Puede crear sentimientos de ira, resentimiento o incluso culpabilizar a tus propios padres.  Pregúntate: ¿merece la pena?

-“¿Qué me pasa?”. Esta es una pregunta para que consideres tus faltas, defectos e imperfecciones pero no es útil para nada más.

-“¡No puedo manejarlo!”. O “no lo soporto”, “no puedo con ello”, “no lo aguanto más”. Tu mente te está intentando convencer de lo débil que eres o que algo malo te va a suceder si sigues así. ¿Crees que merece la pena prestar atención a esto?

-“No debería sentirme así”. En este caso, tu mente se pone a discutir con la realidad y te dice que esto no tiene porqué ser así o que quiere una determinada realidad. ¿Por qué no aceptar el sentimiento y dejarlo pasar naturalmente? No hay mal que cien años dure.

-“Ojalá no me sintiera así”. U “ojalá tuviera más confianza en mí mismo” o “ojalá no me sintiera tan angustiado”. La mente se entretiene en imaginar todo lo que hubiera sido mejor en nuestra vida si nos hubiésemos sentido de otro modo, lo cual no es posible.

**Lectura recomendada: La Trampa de la Felicidad.

Minientrada

¿Cómo me “desengancho” de ese pensamiento?

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Trae a tu mente un pensamiento negativo sobre ti mismo y que te molesta cuando se presenta, por ejemplo, “no podré hacerlo” o “soy un inútil”. Retenlo en tu mente y créetelo lo máximo que puedas durante 10 segundos. Observa cómo te afecta.

Imagina ese mismo pensamiento; cántalo mentalmente (o en voz alta) con la melodía de “cumpleaños feliz”. Ahora regresa al pensamiento tal y como era es su origen. Retenlo en tu mente y créetelo lo máximo que puedas. Observa qué efecto se produce.

Coge ese mismo pensamiento y cántalo mentalmente con la melodía de “Jingle Bells”. Observa qué sucede.

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Desde la terapia de ACT, se utiliza este método y otros para lograr un efecto de de-fusión cognitiva. Seguramente, ya no te tomas ese pensamiento tan en serio.

Sin embargo:

-No has tratado de cuestionar ese pensamiento.

-No has tratado de desembarazarte de él.

-No te has preguntado si era verdadero o falso.

-No has intentado sustituirlo por un pensamiento positivo.

¿Qué ha pasado? Que te has de-fusionado de ese pensamiento, has salido de ese estado de fusión que sufrías con anterioridad. Te has dado cuenta de que son simples palabras, sin más…

**Ejercicio basado en el propuesto en el libro “La Trampa De La Felicidad” de Russ Harris.