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Las emociones de los demás

Fuente: Pixabay

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En las relaciones interpersonales,  pueden darse situaciones de todo tipo en las que nos surge la duda de cómo comportarnos en relación a una emoción intensa que observamos en el otro. Estamos hablando de situaciones de conflicto o de otra índole, es decir, situaciones donde percibimos una emoción en otra persona pero no sabemos cómo manejarla o no sabemos cuál es la actuación correcta.

¿Qué hacemos para arreglar las cosas?**

Si percibimos ira en el otro, la mejor estrategia es calmar y desviar, es decir, permitir que el otro se calme y simplemente acompañar, en vez de ponernos a la defensiva, y desviar la ira hacia cuestiones distintas a las del enfado (temporalmente). Ya hablaremos después.

Si percibimos miedo en otra persona o respuestas afines como ansiedad, temor o estrés, debemos actuar con comprensión y empatía (ponernos en su lugar) y, además, ofrecer protección, afirmar que nada va a suceder, garantizar su bienestar. Esa sensación de protección es muy reconfortante para el otro en este tipo de ocasiones.

Ante la tristeza son adecuadas dos acciones: animar y cuidar. Animar en el sentido de estimular, ya que la persona está en un “bajo tono” y cuidar en el sentido de ayuda, de hacer algo por ella. La persona triste se sentirá mejor ante estas acciones.

Como todas las emociones no son negativas, podemos percibir interés en la otra persona. En este caso, se trata de que la ayudemos a realizar ese acercamiento que está intentando llevar a cabo. También se trata de explorar, esto es, intentar conocer mejor qué es lo que capta el interés del otro y porqué.

En el caso de la sorpresa, es conveniente orientar y permitir que la persona integre estos nuevos datos. La sorpresa es una emoción muy curiosa, ya que aparece ante una nueva información,  pero da lugar, posteriormente, a otras emociones, que pueden ser de rabia, por ejemplo, si  la información es negativa, de alegría, si la información es positiva, etc. En este caso, lo adecuado es prevenir al otro.

Con la emoción de alegría es apropiado comprender los motivos y compartirlos con el otro.

Ante una emoción de disgusto en el otro, las respuestas correctas serían explorar (cuáles son los motivos, qué sucede), así como, orientar, intentado ser más objetivo que la otra persona, centrar las causas del desagrado y tratar de relativizar un poco la situación.

La envidia es una emoción poco reconocida en nuestra sociedad pero sí muy extendida. Es conveniente evitar la causa de la envidia utilizando la discreción y la prudencia y, además, tratar de explicar y razonar lo que es envidiado, exponiéndolo sin miedo. De esta forma, ayudamos al otro.

Otras emociones complicadas de manejar son la culpa y la vergüenza. En la medida de lo posible, se trata de reducir estas reacciones disculpando al otro, rebajando la sensación negativa y justificar, siempre que se pueda, a la otra persona. En este caso, el pedir perdón es un mecanismo que reduce la culpa o la elimina. Por otro lado, también podemos desplazar o desviar el sentido de la culpa hablando de responsabilidades, en vez de culpables.

Por último está la admiración. Cuando la percibimos en el otro, lo conveniente, por un lado, es racionalizar y tratar de ser objetivos con el objeto o persona admirada y, por otro, guiarle para que aprenda el modelo que le ofrece lo que admira.

En multitud de ocasiones, debemos saber manejar las emociones de los demás para no crear un conflicto o empeorar las condiciones. En mi opinión, ¿en qué situaciones nos sirven estas actuaciones cuando captamos emociones en otras personas?:

-Nos sirven con nuestra pareja.

-Con nuestros hijos.

-Con nuestros familiares.

-Con nuestro jefe.

-Con compañeros de trabajo.

-Con amigos.

-Con nuestros clientes, si los tratamos en nuestro trabajo.

-Con nuestros pacientes (si somos un profesional de la salud).

-Con los usuarios de nuestro centro (nos dedicamos a la mediación).

-Con los usuarios de un servicio (tratamos con personas en nuestro trabajo).

-Etc. etc.

**Basado en Redorta, J. (2006). Emoción y conflicto. Ed. Paidós: Barcelona.

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