Falacia de la Justicia

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Esta entrada está basada en el libro clásico de autoayuda de 1976 ‘Tus Zonas Erróneas’ (W. Dyer), que no es que me atraiga especialmente, pero que tiene un capítulo basado en la justicia que, cuando lo leí, me ayudó bastante a comprender lo equivocado y dañino de ese pensamiento que tenemos casi todos nosotros: “cada uno tiene lo que se merece”, “a cada cerdo le llega su San Martín”, “no es justo esto que me pasa”, “a este compañero se le trata mejor que a mí y eso es injusto”… A mí me ayudó en su momento y considero que también a muchos de mis pacientes, por lo que trataré de explicar lo infeliz que nos hacen estos pensamientos relacionados con la justicia-injusticia.

En primer lugar, creemos que vivimos en un mundo justo, que la gente tiene o logra lo que se merece, pero si indagamos en nuestra propia experiencia y reflexionamos, sabemos que esto no es así. Cuando detectamos que el mundo no es justo o detectamos una injusticia en un momento concreto, nos enfadamos, nos sentimos ansiosos o nos frustramos. Para comenzar, es necesario dejar claro un primer aspecto: la justicia y la equidad no existen en este mundo. En nuestra vida diaria, exigimos justicia para nosotros y lo nuestro, nos comparamos con los demás y exigimos tener lo mismo  que ellos, pero si esto no se da (como pasa en muchas ocasiones) estamos justificándonos para poder ser infelices, algo que no sucedería si, por el contrario, tuviéramos en cuenta que la injusticia o lo desigual es una constante en nuestro mundo: no tenemos lo mismo que el vecino, no ganamos lo mismo que nuestro amigo, no tenemos la misma consideración que nuestra compañera… Se trata de aceptar realidades.

¿Cómo escapamos de esta trampa?

En primer lugar, dejándonos de comparar con los demás en términos de “no es justo” o de falta de equidad. Este comportamiento es sólo fuente de infelicidad. El quejarnos de que algo no es justo en relación a nosotros nos impide movilizarnos para lograr objetivos que deseamos ya que, al ser el concepto de justicia algo externo a nosotros, nos impide hacernos cargo de nuestra vida (p. e.: “para qué voy a esmerarme en este informe, si está claro que ella está mejor considerada por mi jefe”). Para ser un poquito más felices, el foco de atención debe ser nuestra persona, no los demás ni comparación con ellos.

Sin embargo, la búsqueda de justicia o equidad es muy común y evidente en nuestra sociedad y creo que todos contamos con numerosos ejemplos en nuestra vida diaria en relación a ellas. Algunos de los que presento os sonarán bastante:

Quejarse de que existen personas con sueldos muy altos o más altos que el tuyo.

“¿Acaso yo te hago a ti lo que tú me haces a mi?” (Como si los dos tuviéramos que ser iguales).

Tratar de corresponder siempre un favor.

Decir “yo también te quiero”, como respuesta inmediata a un “te quiero”.

Pensar en recibir según uno da o “siembra”.

“Tú saliste ayer, no es justo que tenga que quedarme hoy en casa”.

Etc…

En estos ejemplos no estamos asumiendo nuestro propio comportamiento o sistema de valores. Sólo nos justificamos para no hacer nada, para mantenernos inmóviles. En estos casos y en muchos otros, nuestra propia conducta nos inhabilita para decidir por nosotros mismos que es lo más apropiado y culpamos a esa falta de equidad (p. e. el pensamiento “si ella puede hacer esto, yo también”, es un modo de justificar lo que haces por medio del comportamiento de otra persona).

Hay que tener en cuenta, por otro lado, que esta serie de comportamientos se mantienen en el tiempo por algunas “recompensas”  que son totalmente inadecuadas y nos llevan a la frustración personal. Se debe tener especial cuidado para no caer en estas trampas y ser conscientes de su existencia y así poder llevar a cabo otro tipo de conductas que nos harán más felices:

Esa sensación de satisfacción pensando que eres bueno cuando pensamos  “soy mejor que tú”. Volvemos a poner el foco en la comparación y no en nosotros mismos.

Justificar todo tipo de comportamientos, incluso los inadecuados, haciendo que la responsabilidad recaiga en los otros. O dejar de tener la responsabilidad sobre nuestros actos, justificando nuestra inmovilidad (nos acomodamos: “si ellos no lo hacen, yo tampoco”), porque creemos que la responsabilidad es de aquellos o aquello que no es justo. Esto nos lleva, desgraciadamente, a evitar asumir riesgos, nos impide lograr nuestros objetivos y decidir por nosotros.

Captamos la atención de los demás y, a veces, también su compasión.

Puedes manipular a los demás y puedes, incluso, justificar una conducta vengativa.

Cuando nos centramos en las injusticias del mundo, estamos evitando relacionarnos con los demás de una forma honesta y profunda. Nos estamos perdiendo lo maravilloso de las relaciones interpersonales.

¿Qué estrategias podemos poner en marcha para deshacernos del lastre de la demanda de justicia?

Una buena idea es elaborar una lista señalando aspectos de la vida que nos parezcan injustos en relación a nuestra persona y preguntarnos algo así como: “¿Lograré un mundo sin desigualdades si desaparece ésta en concreto, que es la que me preocupa a mi?”.

Cuestionar pensamientos propios del tipo “¿acaso te hago yo esto a ti?” y tratar de cambiarlos por otros del tipo “tú eres diferente a mí, aunque me moleste”.

Tener claro que nuestras emociones son propias e independientes de lo que hagan otras personas.

Mirar nuestras decisiones como algo relativo y con perspectiva, no como algo que cambiará nuestra vida para siempre.

Intentar aceptar la realidad aunque no se esté de acuerdo con ella. Cuestionar el “no es justo” y cambiarlo por cogniciones tipo “es una pena que esto sea así”, “yo preferiría que…”.

Evitar, en la medida de lo posible, las comparaciones y tener nuestras propias metas, tratando de hacer lo que uno quiere sin referirnos a lo que hacen los otros.

Cambiar verbalizaciones del tipo “yo siempre te tengo en cuenta, ¿por qué no me tienes en cuenta tú a mí en esto?”. El motivo que tiene la otra persona no es parecerse a ti.

Hacer algo agradable porque te apetezca, no porque la ocasión lo exija. Gástate el dinero que quieras en un regalo, no midiéndolo en relación a lo que se gastaron en ti. Elimina las invitaciones por exigencia, por obligación, por “cumplir”, en vez de por tus propias razones internas.

Por cada injusticia que sufrimos, hay una solución que hace que no nos quedemos inmovilizados, teniendo incluso en cuenta a los demás. P. e. si yo quiero salir pero eso implica que el otro se tiene que quedar con mi hijo, puedo pedir a otra persona que lo cuide o llevármelo en mi salida.

Tener en cuenta de que la venganza es una forma más de estar controlado por los demás.

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2 comentarios en “Falacia de la Justicia

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